FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

El almacén de la esquina y un museo de identidad

Escucho en las noticias que ya operan supermercados donde no hay personal que atienda al cliente. Una vez que usted activa la aplicación en su móvil para comprar todo comienza a fluir, desde que ingresa hasta que sale del lugar. Elige sus mercaderías y el móvil va registrando su pedido. Antes de salir, ya le han descontado de su tarjeta bancaria el valor de su compra. Se va y los productos adquiridos por usted llegarán a su casa en el momento que usted ha señalado como el más oportuno.

Las redes digitales reemplazan a las redes de personas presenciales de carne y hueso.

En algunas ciudades de Chile ya es habitual toparse en las calles con bicicletas o pequeñas motos que llevan un tremendo canasto en la parte trasera del vehículo con la comida rápida que usted ha solicitado a su restorán preferido. Olores a fritura, churrasco, sushi, pollo asado invaden las avenidas que llevan alimentación a su destino a la par que Juan o Rosa pedalean y sudan la gota gorda para llegar a tiempo. Si no alcanzan a entregar el pedido a la hora señalada, Juan y Rosa deben sacar plata de su bolsillo y pagar el pollo asado, el sushi, el churrasco o las frituras que solamente han olido pero que no han probado. Si su pedido llega a casa a tiempo, velozmente, Rosa o Juan le cobran rápidamente y emprenden el vuelo en cosa de segundos.

Me recuerdo con nostalgia del almacén de la esquina, lugar de encuentro con vecinos y dueños de emporios con los cuales se conversa y la compra pasa a ser una experiencia casi patrimonial en los antiguos barrios de Santiago, Chillán, Valparaíso en el norte, centro y sur del país.

Visito en Chillán a mi hijo Federico, su señora Paulina y mi nieto Joaquín. Paulina me invita a conocer un almacén donde se hace venta a granel, como era antes. Es en calle Constitución 1128, a pasos de Avenida Argentina. El letrero dice Rukatremo y al ingresar me encuentro con una tentadora variedad de productos naturales, saludables y eco-amigables: legumbres, aceites, especias, frutos secos, semillas, miel, cereales, pan integral. Me atiende Lisette y me dice que sus proveedores son emprendedores que se la juegan por un futuro más ecológico, sustentable, sin basura. Me explica que la política de su almacén contempla un sagrado respeto al medio ambiente, busca transmitir una experiencia sensorial en un lugar donde la estética tiene su rol y se transmite alegría…Todo ello para tener una vida más sustentable.

Luego viajo a Valparaíso a ver a mi hija Josefina y su familia y me pide que la acompañe al Ecoparaíso, otro almacén de venta a granel inspirado en un mercado sustentable. Está en Urriola 448, en el corazón del Cerro Alegre. Los dueños son una pareja de jóvenes emprendedores que ofrece a los vecinos una amplia selección de productos que permitan vivir de manera más sustentable. Otro lugar de encuentro donde se conversa de lo simple que puede ser la vida en nuestros días y se comparten gratos momentos mientras envolvemos un rico pan de semillas en una sencilla bolsa de papel y cogemos una bandeja de 30 huevos de color que han puesto gallinas de campo. Mi hija ha traído envases de vidrio para comprar productos de biolimpieza: <<son fabulosos -me dice-; y no contaminan las aguas>>.

Muy cerca de allí subo por el Pasaje Bavestrello, en la calle Álvaro Besa 628, y me encuentro con el Decoalmacén La Verbena, en la casa 31, una hermosa recreación de un típico emporio porteño que pretende recuperar el patrimonio que significan estos almacenes en la creación de identidad de barrio: un lugar para estrechar lazos de amistad entre los vecinos y poner en valor ese entorno como un verdadero museo de identidad. La emprendedora de esta iniciativa es Patricia Campos, quien me invita a tomar un delicioso café: <<He querido recuperar antiguos muebles y elementos de los típicos almacenes de barrio para mantener la identidad de lo nuestro>>. Uno de sus proyectos consiste en preparar las <<Onces porteñas>> para reunir a grupos de no más de ocho vecinos una vez al mes: <<La idea es juntarse a conversar de temas de interés para el barrio y disfrutar de un rico té>>. También está postulando a un Fondo de Cultura -Fondart- que apoya el patrimonio con el fin de hacer itinerancia con su Decoalmacén. Si obtiene acogida el proyecto, antes de fin de año espera llevar su emporio a Santa Cruz y abrirlo al público en la Casa de la Cultura de la Municipalidad. Y luego, en 2020, llevar este museo de identidad a Puchuncaví y presentarlo en el antiguo Palacio Ross.

Estos emprendimientos sustentables van encendiendo luces de esperanza para un hoy y un futuro en el que se encuentren los miembros de una comunidad en un entorno sencillo a escala humana y que promueva la amistad con el prójimo y el medioambiente. Ya está pasando.

Julio 2019

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Patrimonio cotidiano y las pantrucas

Flor de identidad

Por Eugenio F. Rengifo Lira

El último fin de semana de mayo, dentro de la celebración del Día del Patrimonio Cultural, más de un millón de chilenos quisieron visitar en distintas ciudades del país algún lugar especial que haya marcado nuestra historia. Lugares que han sido testigos de hechos relevantes para nuestra vida republicana y que han cobijado nuestra identidad. El Museo Nacional de Historia Natural, allí en la hermosa Quinta Normal, fue el que despertó mayor interés con cerca de 75.000 personas -grupos familiares, jóvenes, amigos- que se pasearon por sus distintas salas para conocer algo más sobre nuestro pasado y presente a través de la antropología, botánica, paleontología, zoología, entomología. Otros espacios que despertaron mucho interés fueron el Museo de Bellas Artes, la Biblioteca Nacional, el Cerro Santa Lucía, sólo por nombrar algunos.

Este acontecimiento cultural que se prolongó solo por dos días despertó en mí una nostalgia particular por el barrio capitalino que me acogió en mi niñez, como un patrimonio único que marcó mi formación. Allí en calle Keller, cerquita de Manuel Montt, donde acostumbrábamos a jugar fútbol sin temor a que algún auto, moto, scooter o bicicleta interrumpiera nuestro juego. Cuántas cumbres de panderetas recorrimos para movernos de un sector a otro y mirar desde la altura lo que pasaba abajo con el terror de los adultos que nos observaban y luego informaban a nuestros padres de tal barrabasada. Cómo no recordar a los vecinos y las visitas a sus casas en cualquier momento, sin protocolo ni anuncio. Uno de ellos era el Guatón Poyoyo, quien preparaba en el living de su casa una sala improvisada de cine para proyectar sobre una sábana blanca imágenes mudas en movimiento; fue mi primer encuentro con Chaplin o con Laurel y Hardy en blanco y negro. Para reírnos y pasarlo bien teníamos que pagar $ 2.- por función.

Quise respirar el barrio. Y dirigí mis pasos al sector de Avenida Italia con Bilbao, donde sobresale el tremendo edificio de lo que fue el Teatro Italia, construido en 1934 por el arquitecto Héctor Davanzo a petición de la familia Girardi que era dueña de una conocida fábrica de sombreros muy cerca de allí. Aún está en pie ese maravilloso lugar donde la imaginación volaba igual que Tarzán de liana en liana y donde se batía a duelo Gary Cooper para defender al pueblo amenazado por los pistoleros, mientras Grace Kelly observaba muy tensa desde una ventana para saber cuál iba a ser el desenlace de esta pelea en que el “jovencito” siempre salía victorioso, mientras se escuchaba la voz de Frankie Laine cantando High Noon…Do not forsake me, oh my darlin’

Seguí caminando por calles de gran significado para mi patrimonio de la memoria infantil…Marín, Ricardo Matte Pérez, Santa Isabel, Caupolicán…Condell, donde vivía mi tía Ludmila, a la que íbamos a visitar frecuentemente con todo el familión -papá, mamá, los seis hermanos que éramos en esos años… Luego, llegaron cuatro más-.

Vagando por este barrio patrimonial para mantener vivas mis vivencias de niñez, me encontré con una antigua casa, en Avenida Italia 1308, de amplio patio interior que alberga distintas tiendas, artesanía, café, cocina chilena y la Zona Vinilo arreglada en un corredor bajo unas enredaderas. Hurgueteando álbumes de larga duración y discos de 45 revoluciones por minuto -de esas revoluciones que giran, no otras- apareció “Como en la gran ciudad”, disco que reúne los mejores momentos de la comedia musical del mismo nombre presentada por la inolvidable Silvia Piñeiro con guión de Hernán Letelier y las canciones de Francisco Flores del Campo. Qué reparto extraordinario: junto a Silvia, aparece registrada en los surcos la participación de Carmen Barros, Nelly Meruane, Elena Moreno, Violeta Vidaurre, Lucy Salgado, Juan Carlos Bistoto, Emilio Gaete, Enrique Heine y otros famosos de fines de los años ´60 acompañados por la orquesta de Hugo Ramírez. Me sorprendió este encuentro con Francisco Flores del Campo que, desde el barrio, me llevó a la Gran Ciudad en un momento en que se prepara una nueva versión de “La Pérgola de las Flores” a raíz de los 60 años de su estreno que se cumplen en abril de 2020. Una obra cumbre de Isidora Aguirre musicalizada por el propio Pancho Flores y que contará en su nueva producción general con el aporte y experiencia de actores que participaron en el estreno del Teatro de Ensayo de la Universidad Católica ese 9 de abril de 1960: entre ellos, Héctor Noguera, Ramón Núñez y Carmen Barros -la primera actriz en interpretar a la famosa Carmela de San Rosendo-. Una creación que rescata nuestro patrimonio cotidiano en esa plazuela donde las floristas ofrecían los aromas y colores de las más hermosas flores de nuestros campos, allí frente a la Iglesia San Francisco, la más antigua de Chile y otro testimonio de nuestra identidad que nos acompaña desde la colonia.

Allí en el barrio Italia finalicé mi paseo tras la búsqueda de alguna cocinería donde pudiera deleitarme con algún plato típico chileno, como esas sabrosas pantrucas que preparaba mi mamá en la casa de calle Keller con un caldo enjundioso de pavo -se usaba el esqueleto- al que le agregaba unas tiritas de masa que iban cayendo a la olla de a poco. Antes de servirnos el plato humeante, le agregaba un huevito de yema naranja y lo revolvía bien con el caldo. Desgraciadamente, me quedé con las ganas. No encontré la cocinería adecuada para revivir en mi estómago esa parte del patrimonio gastronómico chileno.

Junio 2019

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Silvia Infantas y el caldito de ave

Flor de identidad

Por Eugenio F. Rengifo

La última semana de marzo la Sociedad Chilena del Derecho de Autor y la Editorial Hueders presentaron el libro Silvia Infantas: voz y melodía de Chile con una completa biografía de este verdadero ícono de la canción chilena de los años 50 y 60.

Como dice David Ponce -periodista responsable de reflejar la vida y obra musical de esta figura artística en poco más de 200 páginas-, <<…no es aventurado afirmar que la mayoría de los chilenos ha escuchado muchas veces la voz de Silvia Infantas. Como tampoco es arriesgado aseverar que esa misma mayoría la ha oído cantar sin saber a quién pertenece esa voz>>.

A sus 95 años de edad, recuerdo a Silvia Infantas con gran cariño. Recuerdo su hermosa voz, todos aquellos éxitos que hizo popular, entre los que destacan Si vas para Chile, La consentida, Tonadas de Manuel Rodríguez, La Rosa y el clavel y tantas otras hermosas canciones que cobraban frescura y gracia en su voz privilegiada junto al inconfundible acompañamiento vocal e instrumental de sus compañeros de ruta Los Baqueanos y luego Los Cóndores. Recuerdo su picardía y expresión en el escenario: más de alguna vez coincidimos en algún espectáculo nocturno en lugares santiaguinos emblemáticos como El Pollo Dorado o el Café Goyescas.

Y cuando se presentó este libro biográfico en la Sala de Archivo de Música de la Biblioteca Nacional -allí en Alameda cerquita del Cerro Santa Lucía- me acordé de una de sus primeras grabaciones para el sello Odeón: Caldito de ave. Una de las tonadas favoritas de Pedro Leal, Germán del Campo y Hernán Arenas que tantas veces la cantaron junto a Silvia; una tonada sin mayores pretensiones que, sin embargo, ha permanecido en el repertorio de nuestra canción chilena por décadas… No me den caldito de ave ni traigan doctor, que la enfermedad que tengo es cosa de amor…

Se me vino a la cabeza este Caldito de ave, seguramente porque la presentación del libro fue en horario de almuerzo, cuando el cuerpo pide algo reponedor para continuar la jornada. Un caldito sustancioso que, tradicionalmente, se receta como una sopita criaturera o para sanar alguna dolencia estomacal. Claro que, mientras transcurría la ceremonia de presentación del libro -con los comentarios de la historiadora Karen Donoso, el sociólogo Felipe Solís y mi amigo Mario Rojas-, el apetito por un caldito se transformó en algo mejor: una cazuela de ave. De esas que se preparan con un pollo grande o gallina, papas, cebolla, zanahoria, un poquito de arroz, porotitos verdes picados finitos, perejil, orégano, una ramita de apio y, para coronar el preparado y hacerlo más enjundioso, un huevo. Mis antepasadas Rengifo, famosas por sus recetas, me recuerdan que esta cazuela no lleva zapallo ni choclo.

La presentación del libro culminó con la intervención del grupo criollo De Patienquincha, el que nos brindó una hermosa versión de las Tonadas de Manuel Rodríguez, de Neruda y Bianchi, el mayor éxito de Silvia Infantas durante su carrera artística. Y luego, un vinito de honor para celebrar esta maravillosa iniciativa de aportar un completo registro sobre Silvia Infantas, desde su niñez en el barrio El Almendral de Valparaíso hasta su época de triunfos y galardones en todo Chile y en el extranjero, pasando por su incursión en el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica y en el cine chileno de los años 60.

El libro es muy reponedor, igual que un caldito de ave, porque nos despierta el apetito por mantener viva esa identidad que tantas mujeres, al igual que Silvia Infantas, supieron ir cultivando su amor por la cultura popular durante sus vidas, como Ester Soré “La Negra Linda”, Petronila Orellana, Margot Loyola, Violeta Parra, Ester Martínez y sus “Cuatro Huasas”, Margarita Alarcón, las Hermanas Acuña y sus “Caracolito”, Carmencita Ruiz con “Fiesta Linda”, Mirtha Carrasco, Mirtha Iturra, Ester Zamora y tantas otras figuras artísticas que han hecho de su arte un compromiso de entrega a su país y su gente.

Abril 2019.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

La Invención de la naturaleza

Flor de identidad

Por Eugenio F. Rengifo L.

Leo el libro del mismo nombre escrito por la historiadora Andrea Wulf que nos presenta una completa biografía de Alexander von Humboldt, <<…el visionario alemán que creó una nueva forma de entender la naturaleza>>. Un libro inspirador que me ha llevado a reconocer, valorar y a reforzar mi respeto por nuestras reservas naturales, verdaderos tesoros de la humanidad.

Visito el Parque Nacional Pumalín, ahí en la Región de Los Lagos cerca de Chaitén, el cual ha sido donado al Estado chileno por Tompkins Conservation y que a fines de abril pasa a ser administrado por la Corporación Nacional Forestal. En sus más de 400 mil hectáreas alberga la maravilla misma de la naturaleza que se nos ha regalado para disfrutarla, compartirla en armonía y sentirnos parte de ella.

Es entonces cuando me hace mucho sentido la cita de Goethe que la autora del libro sobre Humboldt nos invita a meditar: <<Cierra los ojos y aguza los oídos y, desde el sonido más leve hasta el más violento ruido, desde el tono más sencillo hasta la más elevada armonía, desde el grito más violento y apasionado hasta la más dulce palabra de la razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones, hasta el punto de que un ciego al que se niega el mundo infinitamente visible puede capturar la infinita vitalidad a través de lo que oye>>.

Abro los ojos y me encuentro en Pumalín. Estoy frente a un alerce milenario, una cascada escondida, la ranita de Darwin, aves de colores diversos cuyo canto me acompaña durante el recorrido por senderos ocultos entre la masa vegetal circundante. Me alegra ver tanta juventud que visita el parque. Sus mochilas parecen llevar algodón, pareciera que no pesan, aunque son voluminosas, y no pesan porque el asombro aliviana el sendero. Chilenos, argentinos, franceses, alemanes, españoles, italianos. Todos quieren vivir esta experiencia donde la naturaleza nos abraza y llena de sentido nuestro andar por este mundo. ¿Cómo guardar esta inspiradora experiencia?

El entorno, la naturaleza, el paisaje han acompañado desde siempre al hombre. Porque es la casa que nos reúne a todos los seres vivos. Y en Chile tenemos el privilegio de contar con una variedad enorme de lugares que habitamos sin perder jamás la posibilidad de apreciar un cerro nevado, un río torrentoso o tranquilo, un bosque, una extensa pampa, un cielo que lo ilumina todo. Ese entorno ha estado presente en manifestaciones de identidad cultural a través de la pintura, la poesía, la música. Cómo no emocionarnos con los versos y la melodía de Arriba en la cordillera de Patricio Manso con el Camino de luna de Luis Aguirre Pinto. Es la naturaleza que nos regala su verdad y belleza para que la hagamos parte de nuestra creación cultural.

Al experimentar esta naturaleza plena en Pumalín, verdadero santuario natural, una vez más me dan ganas de cantar a toda voz los versos de Luis Bahamonde, …Quisiera ser viento, correr por los montes y llanos de esta tierra amada, portar el mensaje de luz de una nueva alborada, ser una bandera de paz enclavada en el mundo nuevo…Tierra, qué bonita es mi tierra…Amo el verdor de tus valles, ríos y montañas y tu inquieto litoral…

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

50 años del Festival del huaso de Olmué

Se Cumplen 50 años de vida del Festival del Huaso de Olmué y, como es ya tradición, el Parque El Patagual es el escenario que da cabida a esta muestra artística que en su aniversario recibe a un público con la mejor disposición para pasarlo bien junto a bandas nacionales y extranjeros que cultivan la cumbia, el funk o el rock; solistas y dúos de fama que cantan boleros o latigudas canciones de amor; humoristas que hacen de lo cotidiano una comedia. Hay también un grupo de inspiración de música andina y latinoamericana. Surgen nombres como Chico Trujillo, Guachupé, José Feliciano, el Dúo Pimpinela, la Chiqui Aguayo, Movimiento Original, la Combo Tortuga, Juan Pablo López…Illapu. Hay un grupo que combina cueca, cumbia y rock and roll: Silvestre.

¿Huasos? En la competencia. Se han seleccionado ocho temas inéditos de raíz folklórica de autores y compositores nacionales con intérpretes como Los Huasos Corraleros de Santiago, Los Huasos del Camino, grupo Kantarauco, Marcela Moreira; Poulette Santis, Sergio Veas, Horacio Hernández, Miguel Ángel Pellao, Ankaly. Todos quieren alcanzar el famoso Guitarpín, trofeo que va acompañado de premios en dinero sonante y constante.

Hace un par de meses fui invitado por mi amigo Manuel Vilches a tomar un café de mediodía en la Casa Zañartu, en el barrio de Santa Ana, en el corazón capitalino. Quería comentar conmigo su tesis “El milagro del último rincón; la exitosa construcción del mito tradicional del Festival del Huaso de Olmué” con la cual optó al grado de magíster en artes con mención en musicología. En su trabajo, concluyó que el citado festival es un evento creado en un momento crucial de un incipiente municipio que tiene como gran objetivo el desarrollo turístico. Y resume: <<Siempre tuvo mucho más de festival que de huaso y su esencia tradicionalista es más bien el éxito del discurso fundacional del municipio>>.

La tesis es un completo trabajo, muy bien documentado, que destaca la historia del festival, desde sus orígenes hasta nuestros días en que la televisión ha cobrado un rol protagónico en su organización. Manuel me explica que junto a las autoridades municipales y los productores de televisión hay muchas otras voces que participan en las decisiones al momento de dar forma a cada versión del festival: sellos disqueros, artistas, acontecimientos políticos, público, auspiciadores…

En su tesis, Manuel explica que resulta casi <<imposible unir al multitudinario evento que reúne cerca de cinco mil personas cada noche y al tranquilo lugar que aún no cuenta con semáforos y que parece destinado a ser un sitio de descanso para turistas. Justamente, la idea es mostrar cómo se dio el paso desde una pequeña localidad agrícola dependiente de Limache a un municipio fundado dos veces que, a partir de su instauración definitiva en 1966, generó una serie de iniciativas que permitían darle impronta y visibilidad. También se realizó una revisión de la música huasa desde sus orígenes hasta hoy, como una manera, primero, de plantear su condición de música mediática, surgida a partir de una idea tradicional pero que rápidamente adquirió características acordes a lo que requería la industria de esa época. Al ser por largos años el modelo excluyente de chilenidad, en ella se revisa también cómo la baja de su popularidad o los cambios de repertorio de varios de sus intérpretes más connotados son vistos como “una derrota” en la inclusión de la música de raíz en la industria desde hace largos años. Su actual estado de deterioro y hasta con fecha de vencimiento, como aseguran algunos de sus exponentes más connotados, permiten dar el marco de cómo se las ha arreglado un festival para seguir su vida pese a que su modelo inicial, al parecer, no tiene el caudal suficiente para abastecer una muestra anual de esas características…>>

En todos estos años, solo una canción ganadora en la competencia ha trascendido en popularidad hasta convertirse en un clásico del folklore chileno y ha quedado como testimonio del nombre que se le da al festival: es la tonada bien huasa “Viva Chile” de Luis Bahamonde, que interpretara Jorge Cavada y el grupo Fiesta Linda en la versión de 1976 de este evento que en 2019 celebra su cincuentenario como Festival del huaso de Olmué.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Un café en el Puerto Principal y migrantes culturales

Estamos con mi hijo Eugenio Andrés en el Museo de Historia Natural de Valparaíso, allí en la calle Condell, en lo que fue en su época el Palacio Lyon. Realmente, es un museo de lujo, fundado en 1878 por Eduardo de la Barra, que reúne cerca de 60.000 objetos. Me dicen que es el segundo museo más antiguo del país…no sé cuál es el primero…aunque, buscando por internet, me encuentro con que el naturalista francés Claudio Gay fue quien fundó el Museo de Historia Natural en 1830, no sólo el primero de Chile, sino que uno de los más antiguos de América, y que en 1870 pasaría a mostrar las principales producciones vegetales y minerales de nuestra larga y angosta faja de tierra en un hermoso edificio en la Quinta Normal. Mi hijo me hace un excelente paseo por el museo del puerto principal. Hasta nos introducimos en una réplica de submarino, lo que me produce una sensación de claustrofobia. Todo muy bien instalado. El edificio fue completamente remodelado en 2014. Rematamos la visita en el café, un cálido y elegante lugar de encuentro, especial para echar a volar una buena conversa.

Inevitablemente, llegamos a soltar comentarios y algunas ideas sobre los temas coyunturales. Entre ellos, por supuesto, los migrantes que han llegado a Chile por miles en los últimos años. Según el censo de población y vivienda de 2017, ya son 746.465 extranjeros que se han avencidado a lo largo de nuestro territorio y representan más del 4% de la población total del país. La mayoría de ellos ha llegado de Perú, Colombia, Venezuela y Haití. Nos han traído sus sueños y esperanzas, sus oficios y profesiones, su cultura, sus lenguas, sus alegrías y sus penas, costumbres, anhelos, identidad. Al igual que los chilenos que han migrado de Chile, ellos lo han hecho por razones políticas, económicas, profesionales, aventureras y han llegado con el desafío de adaptarse a la cultura y costumbres locales, desperfilando su identidad y aportando a la identidad local.

Pienso en el sabio Claudio Gay. Aunque migró a Chile contratado por el Estado para realizar un completo estudio sobre la fauna, flora, agricultura y geología, nos dejó un legado científico y cultural invaluable, incluyendo sus hermosos grabados y un trabajo sobre usos y costumbres de los araucanos, traducido y editado póstumamente en 2018 por el antropólogo chileno Diego Milos. Hasta que se nacionalizó chileno en 1841 y, dos años más tarde, fue designado miembro de la Universidad de Chile.

Los inmigrantes han realizado importantes aportes a esta joven nación en sus dos siglos de existencia como República. ¿Cómo los recibimos hoy día? ¿Les abrimos espacios para su desarrollo? ¿Somos los chilenos acogedores con ellos? ¿O somos más discriminatorios que en el pasado? ¿O siempre lo hemos sido?

A su vez, al parecer, la experiencia en los siglos veinte y en lo que va del veintiuno de los compatriotas que han salido del país por razones políticas, profesionales, laborales u otras ha sido de lo más variopinta. Buenas, regulares y malas. Me detengo un momento en migrantes destacados, como Gabriela Mistral desde Elqui, Pablo Neruda desde Temuco, Claudio Arrau desde Chillán. Distintas razones acuden a su salida de Chile: una por concepto de representación diplomática, otra por persecución política y la última por razones de estudio del piano. Muchas veces fueron mejor recibidos en las tierras que visitaron que en su propio país cuando regresaban por breves períodos. Le comento a mi hijo que hace un par de semanas fui invitado al lanzamiento de un libro sobre Claudio Arrau preparado por la periodista Marisol García y editado por Hueders. Marisol nos contaba cómo algunos sesudos representantes de la cultura le quisieron mezquinar el Premio Nacional de Artes Musicales a Claudio Arrau en 1983. Y todo porque se había nacionalizado estadounidense. Lo tuvo que hacer con el fin de presentar una visa que le permitiera hacer sus giras por el mundo sin problemas de ingreso a otros países. Pero nunca dejó de ser chileno, a pesar de haber tenido que lidiar con esa visa manchada por la dictadura. Siempre proyectó su cariño por su Chillán natal. Al final, primó la cordura y le dieron el premio. Y la Mistral: tuvo que ganar primero el Premio Nobel para que muchos años después Chile le entregara el Premio Nacional de Literatura. Ahora se cuestiona a Neruda por ciertos hechos de su historia personal. Sin embargo, imagínense ustedes cómo se ha transmitido la identidad de nuestro país a través de la poesía de la Mistral y Neruda, y de la brillante interpretación musical de Arrau. Han hecho grande a Chile en el mundo.

Terminamos nuestro café y salimos del Museo de Historia Natural a las calles céntricas del plan de Valparaíso, con su agitada vida de fin de año. Una ciudad que ha contado con el valioso aporte de inmigrantes que han llegado desde Alemania, Inglaterra, Yugoeslavia y tantos otros países. Ellos también han colaborado para hacer grande a nuestro país.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

El canto del chucao y la poética del paisaje

Por Eugenio F. Rengifo L.

A pesar de lo pequeña que es esta ave del monte, el canto de Chucao se escucha potente desde lo profundo de los bosques nativos en el sur de Chile. Hermosa voz que me cautiva y que se entreteje con el sonido del agua de alguna vertiente y el viento que gime entre los árboles. A este sonido que surge del vientre de la naturaleza se suma el golpe de un kultrun, el soplido de una trutruca o la vibración de un trompe que algún araucano hace vibrar en su boca. Miro a mi alrededor y veo algas que cuelgan de unas especies de bateas, huellas marcadas en un panel que semeja tierra originaria, réplicas de estacas con nudos como las encontradas en Monte Verde, un lienzo enorme con imágenes de volcanes.

Estoy en una sala de exposiciones en el Centro de Arte Molino Marchmar CAMM, Puerto Varas, cuando ya casi finaliza noviembre, donde se presenta la muestra <<La poética del paisaje>>, experiencia estética que invita a nuestros sentidos a un viaje por los abiertos caminos de la belleza para rescatar en forma simbólica la naturaleza junto al espíritu ancestral de ese vasto territorio que sostiene generosamente la vida de miles de chilenos en la Región de Los Lagos.

Converso con Verónica Astudillo, artista que ha preparado esta inspiradora muestra, reflejo fiel del amor puesto en cada detalle para involucrarnos con nuestra identidad a través de la plástica, el sonido, texturas, la historia.

Me invita a conocer algo más sobre los cuatro volcanes que acompañan a las comunidades de la zona desde hace siglos, Puntiagudo, Osorno, Tronador, Calbuco. Con textos del poeta Juan Paulo Huirimilla y música araucana me voy adentrando en leyendas y en la fuerza y belleza de la imponente presencia de estos verdaderos monumentos naturales que, al mirarlos desde Puerto Varas, a la orilla del lago, parecen emerger de las aguas del Llanquihue como vigilantes custodios de la belleza patrimonial de la región.

Verónica es Licenciada en Arte por la Universidad Católica y vive en este entorno hace 8 años. Se ha integrado al proyecto <<Archipiélago visual>>, que desarrolla investigación, creación, difusión artística y pedagógica del territorio y patrimonio de la Región de Los Lagos desde el punto de vista del arte.

De pronto, con tanta poesía visual, vuelvo al otoño del año 2002, cuando en un encuentro con el poeta Elicura Chiguailaf, me regala, con <<un saludo Azul>>, su libro <<Recado confidencial a los chilenos>>, un llamado a crear espacios de convivencia con los pueblos originarios y con la madre naturaleza. Escucho como si fuera hoy sus palabras:

<<Durante los meses que trabajé en este texto, muchas veces recordé mis andanzas, junto a mi hermano Carlitos, en los bosques milenarios de la tierra de mis abuelos, en mi comunidad. Sabíamos adónde íbamos, adónde teníamos que llegar, pero las hojas del otoño o la nieve del invierno y, sobre todo, la enmarañada vegetación de la primavera, solían ocultar las débiles huellas que nosotros mismos habíamos dejado. Así muchas veces tuvimos que volver al punto de partida y rehacer el trayecto. En cada uno de esos nuevos intentos, del aparente “error” aprendimos algo distinto. De lo efímero: las flores, las mariposas, los hongos, los insectos. Y de lo permanente: la lluvia, los árboles, los animales, las aves, el aroma, el sonido de los esteros, el viento y los Sueños>>.

La poética del paisaje nos abre un camino de encuentro, de esperanza, de armonía con nosotros mismos y con las comunidades en las cuales construimos el día a día. El arte, la cultura, la belleza nos llevan de la mano hacia ese Azul que nos enseña Elicura y esa imponente naturaleza anunciada por el canto del chucao que nos muestra Verónica Astudillo en su obra que presenta hasta mediados de diciembre en el CAMM de Puerto Varas.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo, Valparaíso

Cantos y coros con oficio: abriendo puertas

Por Eugenio F. Rengifo L.

Estoy en el Teatro del Lago, Frutillar, 12 de octubre. Muy emocionado. Trescientos niños de la región han cantado a los oficios de sus padres, hermanos, primos, abuelos, que por años han estado construyendo identidad en el día a día en esos hermosos parajes sureños que conforman la Región de Los Lagos. Han venido con la puerta abierta de sus corazones para compartir un solo canto que pone música y versos a las labores del herrero, la lechera, el molinero, el apiario, las tejedoras, baqueanos y pescadores. Han llegado junto a sus maestros escolares desde lugares cercanos, como la Escuela Vicente Pérez Rosales o la Arturo Alessandri de Frutillar, y desde otros más lejanos, representando con orgullo a escuelas de Puerto Montt, Puerto Varas, Osorno, Achao o Isla Lingua. Se los ve felices por lo que han logrado. Han estrenado en este magnífico escenario La cantata de los oficios, creada por el compositor Sebastián Errázuriz, bajo la dirección coral de Quim Piqué.

La obra se ha presentado en el marco del V Encuentro de Coros Escolares del programa Puedes cantar del Teatro del Lago, el que busca impulsar y fortalecer la actividad coral en la región.  Una obra maravillosa que ha logrado unir a miles de voces en sus cuatro años de vida y colaborar con una formación integral de niños y jóvenes que nos abren una puerta de esperanza cuando miramos hacia el mañana.

Su canto no puede dejar de recordarme a una de las figuras claves en la creación y desarrollo de programas corales en el país en los últimos 30 años: Víctor Alarcón, quien nos dijo adiós la última semana de septiembre. Un verdadero maestro de la concordia, como lo han llamado algunos, Víctor veía en la armonía coral una oportunidad de hermandad universal, a la que supo darle curso a través de miles de voces unidas tanto en el programa Crecer cantando, el cual dirigía desde 1992, como a través del Instituto de Música de la Universidad Católica, donde formó y dirigió a muchos grupos corales del mejor nivel, resultado de su carisma con las personas y su rigurosidad profesional.

Conocí a Víctor a mediado de la década del setenta, en su calidad de integrante del grupo Patagonia 4 junto a sus amigos magallánicos Francisco Cresp, Jorge Sharp, Héctor Sepúlveda y Miguel Soto. Con su voz de tenor y en armonía con sus compañeros de canto, Víctor participó de los triunfos que obtuvo el grupo en el Festival Folklórico de la Patagonia. En esos años, Víctor era alumno de la Escuela Industrial Superior de Punta Arenas. Pasaron más de tres décadas y me encontré de nuevo con él en la Universidad Católica. Ya era un educador musical y director de coro del mayor prestigio en el país.

Hace unos cinco o seis años atrás, mientras nos tomábamos un café en alguno de los patios de la Casa Central de la universidad, Víctor me habló del Auto Sacramental por Navidad, escritura y canto de chilenía, con textos de Fidel Sepúlveda y música de Gastón Soublette, obra preparada especialmente con motivo de las celebraciones del Bicentenario y que editó en disco el sello Emi Odeón en 2000. La idea era reeditar esta grabación. Me presentó a María Soledad Manterola, la viuda de Fidel Sepúlveda -estudioso, ensayista, poeta y director del Instituto de Estética UC por 17 años-, con el fin de evaluar esta iniciativa y presentársela al Rector de esa Casa de Estudios Superiores. Se aprobó y el disco volvió a estar disponible con este oratorio de navidad que surge -como se explica en el cuadernillo que acompaña la grabación- de <<una feliz síntesis de dos elementos fundamentales de nuestra cultura popular, el canto y la poesía>>. Las voces del Coro de Alumnos de la UC, bajo la notable dirección de Víctor -quien, además, se luce con su voz de tenor-, nos elevan a emotivos momentos para contarnos que <<En Belén nació una estrella>>. 

Voces para la concordia que participan en la creación diaria de un mundo de hermanos. Niños de la Región de Los Lagos que hoy nos traen en sus voces cristalinas La cantata de los oficios, porque Pueden cantar, y el recuerdo de un amigo que construyó armonías y abrió puertas a nuestra identidad para Crecer cantando.

Mientras escucho todas estas voces, miro el lago y el volcán.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

El volcán y el centenario de Margot Loyola

Por Eugenio F. Rengifo L.

Escucho a Gepe, nombre artístico de Daniel Riveros, en una versión muy particular de la habanera tradicional <<El volcán>>, incluida en su última producción <<Folklor Imaginario>>.  Le pongo me gusta. Un sonido renovado del folklore. El joven cantante se ha inspirado en parte de la obra de Margot Loyola para realizar este trabajo, cuyo centenario de su natalicio ha comenzado a celebrarse en el país… Tú encendiste, tú encendiste en mi pecho, un volcán, un volcán que amor se llama; y ese fuego, y ese fuego, que me inflama, va creciendo, va creciendo más y más… En algún momento, ella dijo que había escuchado la primera habanera en Linares en la voz de su madre, quien le enseñó <<El volcán>>.

No cabe duda que Margot Loyola encendió en los corazones de muchos chilenos la pasión por lo nuestro a través de la difusión de su trabajo como investigadora y recopiladora de verdaderos tesoros populares que han ido forjando nuestra identidad y que hacen crecer el alma nacional. Hay brasas de ese fuego por ahí que artistas como Gepe han soplado con fuerza para volver a encender esa llama de lo nuestro y llevarla al cancionero de hoy.

Tal cual como lo dijo en su libro sobre la tonada, publicado por Ediciones Universitarias de Valparaíso en 2006 en una magnífica presentación, Margot señalaba que siempre tuvo una imperiosa necesidad de vida, de entrega, de permanencia de lo propio que la impulsaba a escribir acerca de esa característica forma de canto tan nuestra. Dijo que la tonada había penetrado en ella lentamente, desde el vientre de mi madre, porque ella también la cantaba para llenar sus soledades. Desde entonces, (la tonada) ha ido conmigo por todos los caminos, dejándome sonidos, esencias, paisajes, quejas y risas, conociendo y amando a su gente, mi gente, amarrándose a su canto, a sus sueños, esperanzas o desilusiones. Un sentir que se hace evidente no solo para la tonada, sino que para cualquier forma de canto de raíz que ella investigó, amó y revivió junto a su guitarra y su genuina voz.

Junto a Los Huasos de Algarrobal tuvimos varios encuentros con Margot en distintas oportunidades. Cuando grabamos hace más de 40 años una de sus cuecas más hermosas, <<La pomairina>>, con versos de Cristina Miranda, nos felicitó por la interpretación que hicimos de ella. Durante una tarde invernal de 1974, ingresamos a los estudios de Emi Odeón, allí en calle San Antonio, junto a un grupo de grandes instrumentistas para preparar y luego grabar en vivo esta pomairina que nació del corazón de una loica, del fuego de sus hornos y del arrebol de la tarde. Era la primera vez que nuestras voces se unían al piano de Hugo Traslaviña, al pandero de Nano Núñez y a la guitarra de Roberto Parra, el hermano de Violeta. Con ellos, estaban Humberto Campos, guitarrista que nos acompañaba en todas nuestras grabaciones de esos años, e Iván Cazabón en el bajo. Fue una jornada inolvidable y esta cueca se transformó en un número obligado en nuestras presentaciones hasta el día de hoy.

Cada vez que paso por Pomaire camino al litoral central no puedo dejar de entonar esta cueca que le canta al amor y a las alfareras que mantienen viva una tradición entre sus manos modeladoras de sueños y esperanzas con esa tierra rojiza que transforman en figuras humanas, aves, teteras, fuentes, pesebres… En especial, recuerdo a Julita Vera, una de las más grandes artistas de la greda, a quien conocí en la década del sesenta gracias al poeta y sacerdote Joaquín Alliende, quien decía que como los álamos que saben de aire, doña Julia Vera conoce la greda, la mejor greda de todo Pomaire.

Como ella, Margot Loyola conoció lo mejor de nuestra cultura popular y trabajó con sabiduría, amor y pasión por estudiarla, preservarla y transmitirla a las distintas generaciones para mantener viva la llama de ese volcán que enciende y fragua la identidad chilena… En las celebraciones de su centenario, al escuchar hoy esta habanera en la voz de Gepe, Margot parece decirnos no me olvides, ten confianza, ten confianza siempre en mí, acuérdate de mí.

FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

El ajiaco y los 90 años de Lucho Gatica

Por Eugenio F. Rengifo L.

Leo y disfruto el primer tomo de las memorias del escritor Jorge Edwards, <<Los círculos morados>>, título que alude a la huella de ese color que rodea la boca luego de haber bebido vino tinto en cantidades muy generosas. Junto al autor, viajo por el Santiago de los años 40, 50 y 60 de la mano de una memoria ágil y amena. Lecturas, lugares, personajes, inquietudes de niño y de adolescente, avatares políticos y sociales, bohemia. Me detengo, ya en el segundo tomo, <<Los esclavos de la consigna>>, en el Bar Unión, allí en calle Nueva York 11, donde se reúnen artistas, literatos, músicos a disfrutar de una buena cazuela de pava con chuchoca y a dar rienda suelta a la conversación cuentera que va creciendo en la medida que aumentan los pichunchos, los borgoñas en frutilla o en chirimoya, los buenos pipeños, o simplemente el tinto de la casa. Allí donde hay una placa en recuerdo de Jorge Tellier, uno de sus más asiduos contertulios en largas veladas en esta Unión Chica como la han llamado con cariño quienes compartieron en más de una ocasión con el autor de <<Confieso que he bebido>> -y, en general, por todos los que se han entonado en su amplia barra más de alguna vez-, ya que se ubica en un costado del pituco Club de la Unión, y que, desde 1940, es administrado por la familia de don Wenceslao Álvarez.

Frente a tanta invasión culinaria con nombres como sushi, wantán, causa, tacos y otros en establecimientos de moda para los paladares del siglo XXI, en la Unión Chica me dan ganas de comer un ajiaco bien chileno. De esos que preparaban en mi casa cuando era niño, según receta de mis antepasadas las Rengifo, dos hermanas que en la segunda mitad del siglo XIX se hicieron famosas por los dulces chilenos que horneaban y más tarde por sus invencibles preparaciones de una auténtica y sabrosa comida chilena. La preparación requería de algunos ingredientes que hoy, a lo mejor, nos cuesta identificar, como el medio kilo de hueso chascón que se incluía. Junto a un buen trozo de posta u otra carne asada, se agregaban papas cortadas a lo largo, cebolla en pluma frita, ramitas de apio, orégano, una pizca de comino por aquí, medio pimentón por allá, vinagre, una yema de huevo bien amarilla, como las de antes, de huevos de campo, y un poco de leche. Había que estar en la cocina para ver cómo lloraban las cocineras al picar la cebolla mientras escuchaban en la radio rancheras o algún dramático bolero de Lucho Gatica, lo que incrementaba el llanto colectivo. Sobre todo, con las tremendas historias cantadas de <<Espérame en el cielo, corazón>>, <<Sinceridad>> o <<Amor, que malo eres>>.

En una esquina del salón del Bar Unión hay una televisión encendida. Se comenta el cumpleaños número 90 de Pitico, como le dicen cariñosamente a esta leyenda viviente, al rey del bolero. Como nació en Rancagua un 11 de agosto, en 1928, le prepararon en esa histórica ciudad un homenaje que contempló la inauguración de una escultura donde aparece junto a su hermano Arturo, el que lo inició en los pasos del canto y le enseñó las primeras canciones folklóricas. La obra se llama <<Hermanos Gatica>>, en la que sus creadores, Miguel Urbina y Fernanda Cerda, han querido inmortalizar y destacar la obra de los hermanos.

Mientras saboreo el ajiaco, recuerdo los éxitos de Lucho Gatica que tanto me gustaban. Uno de ellos, <<Bésame mucho>>, de Consuelo Velásquez, grabado junto a la orquesta de Roberto Inglez en la EMI de Londres a mediados de los años 50, dio la vuelta al mundo. Se dice que es la canción más difundida de este artista rancagüino que triunfó en Chile y que desde México se proyectó a toda América y al viejo continente. A raíz de su éxito, este bolero tuvo cientos de versiones; entre ellas, hasta hoy se escuchan las que grabaron Los Beatles, Elvis Presley o Diana Krahl. También sus interpretaciones de canciones chilenas como <<Yo vendo unos ojos negros>> dieron pie para que cantantes del nivel de Nat King Cole o Luis Miguel las incorporaran en sus repertorios.

Entre círculos morados, guisos chilenos y boleros de Lucho Gatica, habrá que volver a la Unión Chica para rescatar parte de nuestra alma de chilenía.