Patrimonio, transparente semilla de identidad

FLOR DE IDENTIDAD / Por EUGENIO F. RENGIFO LIRA

Patrimonio, transparente semilla de identidad

Una vez más me sorprende la acogida de los chilenos a la celebración del día del patrimonio durante la última semana de mayo. Más de dos millones y medio de personas participaron en distintos tipos de encuentros patrimoniales con mucho sentido humano: recorridos por instalaciones históricas con caracterizaciones de época, payadores y artesanos reunidos en centros culturales o en ambientes propios de su vida cotidiana, ferias orgánicas con muestras y degustaciones de la riqueza gastronómica del país. En fin, una puesta en valor de nuestra identidad.

Pero hay una actividad que me llamó especialmente la atención. En el Museo Parque Frutillar se desarrolló una jornada en la que se compartió la poda y plantaciones en sus jardines con una activa participación de la comunidad para darle vida y belleza a su entorno. Como dijeron los organizadores, vecinos de todas las edades <<tomaron tijeras, palas y carretillas podaron y plantaron en un voluntariado que  hará florecer un espacio democrático y colorido basado en la colaboración e intercambio de conocimiento>>.

Volver a nuestras raíces, reconocernos en nuestras características comunes nos lleva  a reencontrarnos con nuestra propia identidad. Los países son como las personas. Somos únicos. Y hay algo fundamental que nos conecta con el mundo: nuestros orígenes, nuestros antepasados, nuestras raíces. Eso fundamental nos conecta con un nombre al entorno, al trabajo, a la cultura, a la vida. Nuestras raíces nos ayudan a tener los pies firmes sobre la tierra. A veces, nos amarran un poco y no nos permiten movernos mucho. Pero, ¿quiénes colocamos esas amarras?, ¿son las mismas raíces o somos nosotros, su obra? A veces se aflojan un poco y alcanzamos alturas que nos llevan a mundos increíbles; aunque siempre nos aferran a lo nuestro. A veces actúan como ancla, otras, como timón. Pareciera lógico soltar amarras y traspasar nuestra savia a estas raíces ancestrales. Renovarlas. Reverdecerlas para que crezcan y se proyecten al futuro y así ampliemos su radio para darle más y mejor follaje al árbol.

La palabra raíz es poderosa, inspiradora. Me gusta: raíz. Sobre todo, como fuente inspiradora que da vida a nuestro cancionero popular. Esa vida que surge de lo más profundo de la tierra en busca de la luz, de las alturas y que florece en verdes y únicos caminos por los que viaja el destino de cada uno de nosotros.

La raíz es creadora, estalla en ramas que se liberan al viento, su savia circula por los aires invadiéndolo todo, abriendo espacios y se alimenta de su obra, se alegra con ella, se renueva con ella…Echemos al viento nuestras raíces, que nos mantengan vivos y nos proyecten hacia el futuro. Sus obras no se conforman con llenar nuestro patio, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, nuestro continente. Nuestras raíces quieren que nos llamen con nuestro nombre hasta en los lugares más remotos de este mundo; quieren trascender el tiempo y el espacio…Dejemos que nuestra canción se libere, se desplace con facilidad por ciudades y campos, esté en la boca de niños y ancianos, hombres y mujeres. Dejemos que se alimente con las raíces de esta tierra y respire los vientos que llegan del norte, del sur, que cruce la cordillera y navegue por los mares. Démosle alas a la canción chilena para que vuele y abrigue hasta el más remoto rincón del alma chilena llevándole nuestra identidad.

Al igual que en el Parque Museo Frutillar, tomemos las palas y carretillas para cultivar nuestra idiosincrasia y mantenerla siempre rodeada de pastos verdes, flores primaverales con aromas embriagadores, ríos caudalosos y mansos llenos de agua para beber en comunidad, montañas y valles a recorrer, cielos estrellados que nos hagan volar alto hasta alcanzar la Cruz del Sur.

(Fotografías: gentileza Museo Parque Frutillar).