FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Silvia Infantas y el caldito de ave

Flor de identidad

Por Eugenio F. Rengifo

La última semana de marzo la Sociedad Chilena del Derecho de Autor y la Editorial Hueders presentaron el libro Silvia Infantas: voz y melodía de Chile con una completa biografía de este verdadero ícono de la canción chilena de los años 50 y 60.

Como dice David Ponce -periodista responsable de reflejar la vida y obra musical de esta figura artística en poco más de 200 páginas-, <<…no es aventurado afirmar que la mayoría de los chilenos ha escuchado muchas veces la voz de Silvia Infantas. Como tampoco es arriesgado aseverar que esa misma mayoría la ha oído cantar sin saber a quién pertenece esa voz>>.

A sus 95 años de edad, recuerdo a Silvia Infantas con gran cariño. Recuerdo su hermosa voz, todos aquellos éxitos que hizo popular, entre los que destacan Si vas para Chile, La consentida, Tonadas de Manuel Rodríguez, La Rosa y el clavel y tantas otras hermosas canciones que cobraban frescura y gracia en su voz privilegiada junto al inconfundible acompañamiento vocal e instrumental de sus compañeros de ruta Los Baqueanos y luego Los Cóndores. Recuerdo su picardía y expresión en el escenario: más de alguna vez coincidimos en algún espectáculo nocturno en lugares santiaguinos emblemáticos como El Pollo Dorado o el Café Goyescas.

Y cuando se presentó este libro biográfico en la Sala de Archivo de Música de la Biblioteca Nacional -allí en Alameda cerquita del Cerro Santa Lucía- me acordé de una de sus primeras grabaciones para el sello Odeón: Caldito de ave. Una de las tonadas favoritas de Pedro Leal, Germán del Campo y Hernán Arenas que tantas veces la cantaron junto a Silvia; una tonada sin mayores pretensiones que, sin embargo, ha permanecido en el repertorio de nuestra canción chilena por décadas… No me den caldito de ave ni traigan doctor, que la enfermedad que tengo es cosa de amor…

Se me vino a la cabeza este Caldito de ave, seguramente porque la presentación del libro fue en horario de almuerzo, cuando el cuerpo pide algo reponedor para continuar la jornada. Un caldito sustancioso que, tradicionalmente, se receta como una sopita criaturera o para sanar alguna dolencia estomacal. Claro que, mientras transcurría la ceremonia de presentación del libro -con los comentarios de la historiadora Karen Donoso, el sociólogo Felipe Solís y mi amigo Mario Rojas-, el apetito por un caldito se transformó en algo mejor: una cazuela de ave. De esas que se preparan con un pollo grande o gallina, papas, cebolla, zanahoria, un poquito de arroz, porotitos verdes picados finitos, perejil, orégano, una ramita de apio y, para coronar el preparado y hacerlo más enjundioso, un huevo. Mis antepasadas Rengifo, famosas por sus recetas, me recuerdan que esta cazuela no lleva zapallo ni choclo.

La presentación del libro culminó con la intervención del grupo criollo De Patienquincha, el que nos brindó una hermosa versión de las Tonadas de Manuel Rodríguez, de Neruda y Bianchi, el mayor éxito de Silvia Infantas durante su carrera artística. Y luego, un vinito de honor para celebrar esta maravillosa iniciativa de aportar un completo registro sobre Silvia Infantas, desde su niñez en el barrio El Almendral de Valparaíso hasta su época de triunfos y galardones en todo Chile y en el extranjero, pasando por su incursión en el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica y en el cine chileno de los años 60.

El libro es muy reponedor, igual que un caldito de ave, porque nos despierta el apetito por mantener viva esa identidad que tantas mujeres, al igual que Silvia Infantas, supieron ir cultivando su amor por la cultura popular durante sus vidas, como Ester Soré “La Negra Linda”, Petronila Orellana, Margot Loyola, Violeta Parra, Ester Martínez y sus “Cuatro Huasas”, Margarita Alarcón, las Hermanas Acuña y sus “Caracolito”, Carmencita Ruiz con “Fiesta Linda”, Mirtha Carrasco, Mirtha Iturra, Ester Zamora y tantas otras figuras artísticas que han hecho de su arte un compromiso de entrega a su país y su gente.

Abril 2019.

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