Revista de Los Jaivas

Comunidad colaborativa y la carbonada

Hoy se cocina carbonada. Disfruto los aromas que van surgiendo en la elaboración del plato: verduras que se van cociendo, cebolla frita, carne picada y salteada, perejil. Un plato que me identifica plenamente con mi niñez y mi numerosa familia. Un plato muy chileno que requiere de múltiples ingredientes que puedan estar al alcance en la cocina y que mezclados en un lento cocimiento logra satisfacer el apetito del más exigente. Por la ventana se ve el mar azul en un día soleado lleno de esperanza.

Desde hace años paso largas temporadas en Valparaíso, el Puerto Esperanza como lo ha llamado Dióscoro Rojas en su hermoso vals que canta …cuando el viento salado sopla en nuestro favor y por tus escaleras no camine el dolor; cuando tus ascensores se dejen de llorar por los que un día zarparon con ansias de olvidar; cuando tu Cerro Alegre te vuelva a sonreír y agite su pañuelo al marino feliz que regresa a su patria tras largo navegar, entre lágrima y versos entonaré este vals: Valparaíso eterno, puerto de mis amores, prendido a tus balcones un día pude ver cómo un ángel borracho tus calles dibujó  y tu noche de luz un mago la inventó. Valparaíso, dale nomás con tu alegría, enséñanos un día tu ingenua libertad; no le vendas a nadie tu sol del mes de abril y danos tus locuras de amor para vivir… Estoy viviendo con la familia de mi hija Josefina en este hermoso cerro desde hace más de dos meses.

Estamos todos en cuarentena voluntaria: mi hija y mi yerno con teletrabajo, ella haciendo clases de pilates-yoga on line y él desarrollando su labor académica en la Universidad de Valparaíso también on line. Mis nietas están con clases de educación media y básica en esa misma modalidad desde sus colegios de Villa Alemana y Limache. Me vine para acá con el fin de hacer distanciamiento social riguroso, lo que en Santiago es más difícil, porque vivo en un edificio de departamentos con mucho movimiento de los residentes y de los encargados de delivery en todo tipo de rubros, comidas, almacén, ropa, libros, cajas misteriosas con contenidos insospechados…

Acá en la casa de Cerro Alegre seguimos un estricto protocolo de sanitización individual y de los espacios comunes, protocolo que respetamos religiosamente. No podemos descuidarnos con esto que está pasando. Debemos ser responsables y solidarios con los demás; sobre todo, con los mayores de edad, los enfermos crónicos y los niños.

Me he sentido de maravillas con mi familia porteña. Ha sido una experiencia familiar plena. Me han acogido en forma increíble, con mucho cariño. Además, estoy profundizando en mi rol de abuelo con mis dos nietas que le dan vida y alegría a esta antigua casa en un barrio patrimonial que llena de orgullo a los porteños.

También, como nunca es tarde, estoy aprendiendo a cocinar para colaborar con las labores de la casa. Y esta mañana he participado en calidad de pinche de mi hija en la preparación de la carbonada. Mientras picamos cebolla y pelamos las papas y el zapallo, le cuento a Josefina que me ha sorprendido favorablemente el espíritu de comunidad colaborativa en la que se desenvuelven ella y mi yerno en su interrelación con los vecinos para participar en conjunto en las soluciones a temas diversos; entre ellos, lograr que el comercio a escala humana se pueda seguir manteniendo y recreándose en las modalidades de entrega de productos básicos para <<parar la olla>> cada día.

Al igual que para preparar la carbonada, en esta comunidad colaborativa confluyen variados ingredientes en armonía. Nos abastecemos en almacenes de barrio, fundamentalmente, en la idea colectiva de apoyar el comercio local. Allí están los almacenes El Faro y El Yaki en Lautaro Rosas, el Eco Paraíso de calle Urriola y sus excelentes productos, cereales, legumbres; el Café Vinilo de calle Almirante Montt que está ofreciendo delivery con un rico pan cocinado en el horno de barro que tienen en el patio; la maestra francesa del restorán Ápice está entregando a domicilio unos deliciosos panes con chocolate parecidos a los croissants (lo bueno es que en la casa no hay pesa, jajajaja…); el Amor Porteño con sus ricos helados que pueden llegar a destino sin derretirse para deleite de niños y adultos. Hay otros emprendedores y grupos de agricultores que nos traen verduras, frutas y huevos frescos desde Limache, Caleu y Olmué. Y muchos otros proveedores que salen adelante en esta comunidad colaborativa. 

En cuanto a mi actividad musical, la verdad es que todo el mundo artístico, como sucede con la actividad en los distintos ámbitos de la cultura, se ha visto seriamente golpeado por la situación que vivimos a lo largo del país. Han desaparecido, prácticamente, los eventos musicales. Esto ha obligado a los artistas a reinventarnos y a desarrollar conciertos y encuentros íntimos desde las casas. Afortunadamente, con mi grupo folklórico, hemos podido desarrollar desde nuestros hogares unos mini encuentros musicales que hemos llamado Abriendo Ventanas para que se escuche nuestro canto en el norte, el sur, el centro, la cordillera, la costa: en todo lugar donde haya señal de internet. Son muchos los artistas que hacen algo similar desde sus casas y eso ha sido muy valioso para mantener viva la esperanza a través de la alegría y del optimismo de un canto que une a las comunidades y abre ventanas a la luz, a mañanas de sol. Aunque sea un sueño. Igual vale la pena soñar en estas situaciones. Porque temo a la oscuridad de los tiempos frente al desarrollo de la cultura que es luz y una verdadera forjadora del alma de los pueblos.

Ha llegado la hora de almorzar. Me siento a la mesa hogareña para saborear la carbonada de hoy, plato de nuestro patrimonio alimentario que compartimos con mi familia porteña…Valparaíso, dale nomás con tu alegría…Mayo, 2020.