Revista de Los Jaivas

Angela Loij, la última ona

Angela Loij, la última ona


Por Eugenio Federico Rengifo Lira

Revisando mi discoteca de vinilos, me encuentro con un 45 r.p.m. que registra la canción Angela Lois, o Loij como también se escribe en selk´nam. El encuentro se produce en sincronía con un nuevo aniversario de su nacimiento el 1 de abril de 1903, cuando llegó a este mundo en la estancia Sara de Tierra del Fuego. Hija de un matrimonio ona, no se imaginó que iba a ser la última sobreviviente de esta raza que pobló por miles de años esa región que abarca territorio chileno y argentino.

La noticia de su muerte ocurrida el 28 de mayo de 1974 me impresionó, al comprobar que un pueblo originario entero desaparecía con ella, la última representante de sangre pura de los selk’nam u onas. Y así nació esta canción que le canta a esta raza de cazadores y recolectores, custodios de una cultura milenaria que se fue olvidando y perdiendo identidad junto con su extinción.

Ángela, te vas durmiendo ya. Contigo, toda una raza va quedando atrás.

Dejas en Tierra del Fuego ninguna huella sembrada, ninguna…

Ángela, te vas muy sola, sí,

Susurro y viento del norte, sí:

Ona hasta el fin.

Hombres del interior lloran hoy, flecheros y cazadores son recuerdos, son…

Ángela, tu nombre quiero yo grabarlo fuerte en mi corazón,

porque mantuviste limpio el sol, tu sangre india y la tradición…

Anne Chapman, la conocida antropóloga franco-estadounidense, fue muy cercana a Ángela, quien se convirtió en su informante cuando investigaba las etnias del fin del mundo. Trabajó con ella desde 1967 hasta su muerte para conocer más sobre la concepción del mundo de los onas, sus espacios, territorios, costumbres, sobre su identidad cultural. Todo lo cual quedó registrado en un libro que Chapman publicó más tarde, cuyo contenido ya se vislumbraba en el artículo dado a conocer por el diario La Opinión de Buenos Aires el 30 de junio de 1974, un mes después que su amiga e informante elevara el vuelo hacia el infinito.

Experta en los pueblos originarios fueguinos, Chapman recuerda a Angela con especial cariño: <<Le encantaba pasear por el campo, mirar y señalar cerros, ríos, pájaros con sus nombres indígenas y hablar de las familias que habían vivido aquí y allá. Recordaba con frecuencia los diez años que pasó en la misión salesiana cerca de Río Grande… En aquel tiempo entonces, pasó mucho tiempo conversando con las ancianas que murieron allí. Ellas vivían en el pasado, en el mundo selk’nam inexistente. Ellas indagaban lo más recóndito de su memoria para revivir detalles de aquella vida y para explicarse cómo desapareció… Quiero acordarme de Ángela sonriendo como la última vez que la vi. Me acordaré de sus manos hermosas, de su humor, de su coraje, de su placer al hacerme participar de aquella cultura milenaria que fue, en los tiempos paleolíticos, la de la humanidad entera>>.

Era hermosa. En la Memoria del Gobernador de Magallanes La Tierra del Fuego y sus Naturales presentada por la Imprenta Nacional en 1896, su autor, Manuel Señoret, describe a los onas como una raza hermosa: <<Descienden, sin duda, de los patagones a juzgar por la semblanza física: altos, corpulentos, de anchas espaldas, miembros proporcionados al tronco, son una bella raza… Las mujeres presentan un aspecto de gran esbeltez. Su fisionomía es agradable: tez un tanto cobriza, facciones pronunciadas, admirable dentadura; todo en ellos indica que pertenecen a una raza fuerte, hermosa, ágil, cuya sangre rica es sensible que se extinga y no se mezcle con la de las otras tribus debilitadas… Su estatura es alta, y Darwin tiene mucha razón al afirmar que la media puede estimarse en un metro ochenta centímetros. >>

Gracias al sacerdote y antropólogo alemán Martín Gusinde, quien realizó cuatro expediciones a Tierra del Fuego entre 1918 y 1924, tenemos fotografías de Ángela Lois tomadas en su juventud, en 1923, las que demuestran su prestancia. Coincidentemente, hace unos años tuve la suerte de visitar una exposición con su trabajo fotográfico en el Palacio Baburiza, en Valparaíso, donde por primera vez vi el rostro de Ángela Lois. Hermosa. Nada más. Gusinde quiso estudiar la cultura de los selk´nam y pudo darse cuenta del ocaso de estos hombres a pie, como se llamaba a los onas, pueblo nómade que no desarrolló la navegación y solo caminaba para cambiar de un lugar a otro en búsqueda de alimentos entre pampas, ventisqueros…para mirar el vuelo de los cauquenes, cazar guanacos y acercarse a las playas solo para recolectar mariscos y pescados. De los cuatro mil onas que poblaban la región hacia fines del Siglo XIX, Gusinde pudo comprobar cómo se iban extinguiendo por el <<agresivo>> contacto con la civilización occidental y llegar a constituir un grupo de apenas uno o dos cientos de <<hombres a pie>>. Hasta que Ángela se convirtió en la última de todos ellos.

            Ángela, te voy siguiendo, voy por ventisqueros y pampas, voy.

            Y aunque el camino te lleve allá, cerca del cielo te buscaré.

            Tu adiós se lo lleva el viento a Dios, con arpegios de guitarra, adiós…

            Adiós, a Dios, adiós.

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