Eduardo Córdova, escritor: «en Chile faltaba una literatura que explorara el terror»

perfil (Mila Ascencio)

En «Condéname, cariño», Eduardo Córdova convierte a Santiago en un mapa del espanto. Lejos del folclor o del criollismo tradicional, sus cuentos trazan una geografía de terrores íntimos y urbanos, donde la ciudad no es solo escenario sino también cómplice, testigo y a veces víctima.

Desde pasajes sombríos en Lo Espejo hasta apariciones en el cerro San Cristóbal, el autor construye un universo donde lo cotidiano se contamina con lo monstruoso, y el amor puede ser tan condenatorio como un espectro.

Hablamos con él sobre sus influencias, el peso simbólico de Santiago y la necesidad de inventar nuevos mitos desde una voz profundamente local y emocionalmente brutal.

¿Cómo surge la idea de escribir «Condéname cariño»?

– La idea nace de una necesidad muy personal de escribir un libro que a mi me gustaría leer; que me hubiera gustado haberlo encontrado como lector. Llevaba años leyendo y viendo terror, pero sentía que en Chile faltaba una literatura que explorara el terror, desde nuestra propia identidad urbana, con nuestros fantasmas, nuestros mitos y leyendas, pero en plena capital. Por ende también buscaba alejarme de una cuestión criollita y folclórica (con el respeto que eso merece) pero yo quería ver una modernización de los mitos, leerlos en una clave distinta al criollismo, o que fueran más que una versión chilena de arquetipos pertenecientes al canon cultural global, que es lo que se hace mucho acá en Chile. Solo quería dotar de voz y carácter a las leyendas con las que uno creció. Los cuentos comenzaron a surgir uno tras otro, muchas veces inspirados en conversaciones, lugares, noticias y así.

¿Por qué elegiste ese título para el libro?

– Por supuesto alude a un cuento en particular que está en el libro, pero “Condéname cariño” también lo veo como una declaración de intenciones. Habla del deseo como algo que puede ser una condena, del amor como una extensión del horror, y viceversa, y del peso de lo íntimo cuando se vuelve monstruoso. Me interesaba también jugar con esa ambigüedad, con un título contraintuitivo a lo que uno ve regularmente en los títulos de libros de terror. Cuestión muy inspirada en el título de “Tengo miedo torero” de Pedro Lemebel, que es una novela estilo noir durísimo, pero también una historia de amor muy rosa. Eso lo encuentro genial.

¿Por qué elegiste a Santiago como lugar central de los cuentos? ¿Te inspiraste en algunos lugares para escribir?

– Elegí Santiago porque es mi ciudad, y la ciudad en la que siempre he desarrollado mi imaginario. Caminar de noche por ciertas calles, sentir la tensión de ciertos barrios, los silencios incómodos, las luces que titilan… todo eso es materia prima para el horror y para imaginar los lugares donde ocurren mis cuentos. Me inspiré en lugares reales: poblaciones como la Clara Estrella de Lo Espejo, bloques de departamentos de Recoleta, casas antiguas de Santiago, los alrededores del Parque Forestal, la Virgen del cerro San Cristóbal y espacios que conozco desde la infancia. La ciudad no es solo el escenario, es un personaje más.

¿Estos 10 cuentos son una recopilación de tu trabajo?

– Son cuentos escritos especialmente para este libro, aunque algunos habían nacido como ideas hace años. No es una antología de textos sueltos de lo que he hecho desde que escribo; tienen una unidad temática y emocional. Todos habitan el mismo universo y tienen en su conjunto una idea en común que espero que el lector descubra.

Te gusta mucho la música, en especial el metal. ¿Cuál fue la banda sonora para este libro?

– Sí, la música fue clave en la escritura. De hecho, al ser uno primero oyente de música antes que un escritor, no puedo evitar crear y organizar los cuentos como si fuera un álbum conceptual y entendiendo que cada cuento no puede “sonar” igual que el anterior. En ese sentido escuché mucho doom metal, post-metal y algunas bandas chilenas, como Kuervos del Sur y Capilla Ardiente. Pero también Gojira, Mastodon, Baroness, Black Sabbath, Burzum, Rotting Christ y Dissection. También estuve muy conectado con lo que hacía Kreator en sus inicios. Y bueno, Nick Cave que nunca me puede faltar. Pero el metal en particular tiene una emocionalidad que se acerca mucho al tipo de terror que me interesa: atmosférico, doloroso, catártico.

¿Qué tanto hay de historias reales o ficción en el libro?

– Todo es ficción, pero todo está atravesado por lo real. Hay historias inspiradas en hechos que viví en carne propia, pero más anecdotarios y hasta graciosos, también en rumores urbanos, incluso titulares de diarios y todo ese juego se sombras que uno sabe que ocurre antes que la verdad oficial llegue a la primera plana. Pero ojo, lo que me interesa no es contar una verdad literal, sino usar esas semillas para construir mundos donde lo emocional sea lo más verosímil, aunque todo lo demás sea fantasía o pesadilla.

Actualmente, ¿estás trabajando en otro texto?

– Sí, estoy escribiendo una novela y está por publicarse otro libro, pero que es de No ficción, más en la onda de la cultura chilena, y en especial la cultura del cómic en Chile. Respecto a la novela también dentro del género del terror, pero con un enfoque polifónico, jugando con el siempre sospechoso narrador en primera persona. En ella estoy explorando el duelo, la idea del fantasma y el cuerpo como territorio del espanto, pero sobre todo, con la idea de la muerte en todas formas y filosofías. Es un proyecto que me tiene muy entusiasmado porque siento que ahí puedo ir más hondo en cosas que apenas rozo en los cuentos.

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