Roberto Bolaño: 50 años de Reinventar el amor

Roberto Bolaño: 50 años de Reinventar el amor
Roberto Bolaño: 50 años de Reinventar el amor
Este abril se cumple medio siglo de la publicación del primer libro del autor chileno, un solo poema extenso titulado Reinventar el amor, que se imprimió en México. Solo se fabricaron 225 ejemplares bajo el cargo del editor Juan Pascoe, un hombre que sigue ejerciendo un oficio casi olvidado, con el trance profundo de monje en abadía
El documentalista franco-chileno Tito González García nos cuenta en un corto y en una íntima crónica la historia del primer libro de Roberto Bolaño, considerado único por su contenido y su arte, por el trabajo de su impresor Juan Pascoe, por el contexto histórico, dejamos aquí el testimonio de este suceso literario que nació hace 50 años en México
I. El Cielo de Michoacán
La primera vez que llegué a Michoacán pensé que el cielo era parte de otro mundo. El mundo de las pinturas, de los relatos de la fundación de la Tierra, de las guerras entre los dioses. Las nubes parecían seres. ¿Qué pájaros podían surcar estos cielos?

Años después volví en búsqueda de un nombre de pájaro, el Taller Martín Pescador del maestro Juan Pascoe o Nicanor Strozzi, editor de renombre y monje de la imprenta, vive hace más de 40 años en un molino del siglo XVIII en Tacámbaro, que algún día perteneció a unos frailes agustinos. El maestro imprime en una prensa Washington de palanca de 1834, donde cada letra es ordenada manualmente por el impresor en un estado de meditación avanzado. Yo estaba haciendo un documental sobre el escritor Roberto Bolaño y el taller Martín pescador había impreso su primer libro en abril del año 1976, cuando el chileno estaba por cumplir 25 años. Este libro era un poema y se llamaría Reinventar el Amor. Solo se hicieron 225 ejemplares que nunca se vendieron porque Roberto solo era un caminante que recorría los bajos fondos del D.F. en busca de buenos poetas.

II. La Prensa Washington
Juan se compró la prensa en Toluca en 1973, después de haber aprendido durante un año en West Branch (Iowa) con un maestro que nunca tuvo una palabra de aliento para su alumno. A partir de allí la historia se mezcla con la historia de Chile, con revoluciones perdidas y con una enorme voluntad de poesía. La primera cosa que imprimió Juan en su nueva prensa fue lo siguiente : “En este día el 16 de enero de 1973, trajimos a la casa de Leonardo de Vinci 101 la prensa Washington No. 1639. ¡Viva Chile!”. Un joven músico, profesor de inglés, nacido en Chicago en 1946 de familia protestante, adquiere una prensa en Toluca e imprime en la colonia Mixcoac del D.F. con una herramienta mecánica del siglo XIX, esas últimas palabras, Viva Chile, ¿por qué? Resulta que Juan Pascoe había conocido a Bolaño por su hermano Ricardo Pascoe, quien había militado en la extrema izquierda chilena con su compañera Carla Rippey, hasta que llegó el golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973, durante el cual el presidente chileno fue asesinado, se llamaba Salvador. Ese día la pareja de jóvenes mexicano-gringa preparó bombas molotov en un galpón de Santiago sin entender que sus vidas estaban en peligro. De vuelta al D.F. comenzaron a juntarse con exiliados chilenos, y todo era música andina, discursos trotskistas y sed de poesía.

Fue la propia bisnieta de Trotsky, Veronica Volkow, con su amiga Cristina, quien leyendo en voz alta una serie de nombres posibles para la editorial pronunció al fin; Taller Martín Pescador, entonces Roberto Bolaño la detuvo. Miró a Juan Pascoe y le dijo: “Allí tienes, Martin Pescador, ¿qué más quieres?”. Habían encontrado el nombre de la editorial. Carla Rippey, tremenda artista, hizo el dibujo de la tapa, y Juan hizo el libro. Entonces, como Roberto tenía la ambición de dejar la imprenta para la historia, porque si iba a editar su primer libro con él, el taller tenía que estar a la altura, convenció a Juan de que también tenía que editar a Efraín Huerta. “El único poeta que vale la pena en este país de mierda”, decía. Y Juan así lo hizo. Pero cuando Juan editó Hijos del Aire, de Octavio Paz, en el año 1979, Roberto rompió relaciones al estilo soviético. Nunca le perdonó la traición, Paz era el enemigo burgués, la oligarquía editorial encarnada y como le diría Bolaño al poeta mexicano Francisco Segovia invitándolo a unirse al movimiento infrarrealista : “Francisco, o estás conmigo o estás contra mí”. Así era Roberto.

Dormí en Tacámbaro. Esa noche Juan me contó que el primer nombre del taller era Rascuache, lo había elegido para provocar a su maestro que le decía que sus libros eran un desastre y que nunca estaría a la altura de ser un buen impresor. Pero su maestro nunca entendió esa palabra de origen náhuatl que se refiere a cosas de baja calidad. Allí la historia de América vuelve a mezclarse en Tacámbaro. Juan se fue a Bolivia poco después de que mataran al Che Guevara los militares andinos y la CIA. Por razones extrañas, viajó de la Paz a Cochabamba a reparar un automóvil con placas diplomáticas de la ONU, pero en medio del camino el problema explotó y el coche dió 4 vueltas en la montaña. Juan, que es un hombre alto y elegante, de pronto se puso en posición fetal y me dijo: “Cuando el carro volcó solo pude ponerme así”, me impresionó mucho su gesto, su sinceridad y me imaginé en Bolivia a fines de los 60 frente a un chofer muerto y su esposa llorando de rodillas frente al cadáver. Cuando Juan volvió al D.F. inició una terapia y lo primero que salió fue el nombre del taller: Rascuache. La terapeuta le preguntó, “¿Rascuache?, osea que usted se ve a sí mismo como alguien de poco valor, de mala calidad?”. Juan cambió a Martin Pescador, por suerte la poesía de la existencia hizo que años más tarde Juan transmitiera su saber a un joven de Tacámbaro llamado Martín (el verdadero pescador), que se volvería con el tiempo el mejor impresor de México, dicho por el propio maestro, quien tuvo la elegancia de no repetir con su alumno lo que hicieron con él.

Antes de acostarme Juan me mostró unas cartas de Roberto y una me llamó la atención. Era de 1977, mi año de nacimiento, de la muerte de Elvis y del nacimiento del punk, al final había un autorretrato donde el chileno se dibujó como el Che Guevara. Pensé en Bolivia y en esa foto del Che muerto donde parece uno de esos animales pésimamente mal embalsamados y recordé haber visto en Instagram una entrevista callejera a unos jóvenes de Buenos Aires, cuando ganaron el Mundial del 2024: “¿Sabe quién es Ernesto Che Guevara?”, les preguntaron. Algunos dijeron que había sido un defensa central, probablemente de Independiente de Avellaneda, el resto no supo qué contestar.
