Argentina

JUAN FALÚ

«LA GUITARRA QUE CANTA A LA TIERRA ES UNA GUITARRA LLENA DE MEMORIA»

POR Cultura.gob.ar

Compositor, docente, militante, psicólogo, guitarrero y cantor son algunas de las múltiples facetas en vida que representan a Juan Falú. Durante su infancia en Tucumán, a los siete, ya hacía arpegios y entonaba melodías con la guitarra, mientras su padre Alfredo, que era abogado pero por sobre todo melómano y músico aficionado, lo escuchaba con suma atención. Así como con su hijo, Alfredo también fue el responsable de poner una guitarra por primera vez en las manos de Eduardo, su hermano menor (tío de Juan), marcando el destino del gran guitarrista y compositor argentino.

Nadie se lo dijo, pero Juan supo que portando ese apellido, si se dedicaba a tocar la guitarra, tendría que hacerlo con la responsabilidad de convertirse en un maestro. Así lo hizo, y con los años se transformó en un guitarrista de primer nivel.

“De lo que podemos conocer como educación formal estudié pocos años, pero en el ámbito informal estudie bastante. Desde niño estuve en tantos lugares, en tantas reuniones y siempre hubo una guitarra. La guitarra siempre estaba presente, se tocaba en todos lados. Las guitarreadas en las casas, en las peñas tienen un sentido educativo muy importante porque se genera un vínculo muy fuerte con la música y con la poesía cuando se da en esa situación de amistad, de compartir, y eso marca mucho la personalidad musical. Yo recomiendo las dos cosas, que se haga eso y que se estudie. Aunque pensándolo bien, no sé si recomiendo mucho las guitarreadas, porque vamos a terminar todos buscando un hepatólogo”, concluye con su humor característico Juan Falú.

En 1963, Juan Falú se subió por primera vez a un escenario, sintiendo la presión de su padre y de su tío, y ante esa mirada expectante prefirió refugiarse en las guitarreadas con amigos. De esta manera, se alejó por completo del estudio académico y dirigió sus energías a la militancia revolucionaria en la Facultad de Filosofía y Letras. Tras la desaparición de su hermano Lucho,durante la dictadura cívico-militar, debió exiliarse a Brasil. Entre años de penas y destierros, Juan se reencontró con la guitarra, con la composición y con la creación de un lenguaje propio que comenzó a maravillar a su público.

La relación con la guitarra fue terapéutica, un cable a tierra para todos los momentos difíciles de su vida. Tocar una zamba, una vidala, una chacarera siempre lo transportó a su tierra, a sus seres queridos, a sus paisajes.

VAMOS A LA ENTREVISTA:

-¿Cómo sigue siendo hoy su vínculo con la guitarra?

-Para mí es algo imprescindible, no puedo definirlo con palabras, pero no me concibo sin la guitarra. Cuando uno hace música de su tierra, es música llena de memoria. Aunque sea una música nueva lo que uno está haciendo, pero la hace en base a una memoria. Uno no hace una zamba de la nada, sino que detrás hay tantas zambas que uno ha amado, que ha disfrutado y entonces van a aparecer recuerdos de cantores, de guitarristas, de poetas, recuerdo de reuniones, aunque no sea todo plenamente consciente, siempre está actuando la memoria dentro de la música.

Cuando yo observo mis grabaciones me doy cuenta que más del cincuenta por ciento están dedicadas a personas. Tengo piezas dedicadas a mis hijos, a mis nietos, a mi esposa, a mis padres, a amigos y amigas cualquier cantidad. Y también a personas que no conocí, pero las conoció el poeta, como por ejemplo Rosario Pastrana, una coplera de los valles calchaquíes. Yo no la conocí pero el poeta, Pepe Nuñez sí, y es esa memoria de los otros es lo que me ayudó a componer e imaginarme a esa persona. Siempre hay algo memorioso ligado a lo afectivo.

Con el retorno a la democracia, después de haber recorrido casi todos los contienentes con su repertorio, Juan retornó a la Argentina con la inquietud de replicar en su país los maravillosos festivales de guitarras en los que había participado. 

-¿Cómo surgió la iniciativa, ese deseo de transportar sus vivencias en otros lugares a su país?

-Yo venía viajando por el mundo y siempre había estado en festivales de guitarras. Hubo un festival en el año 1992, en Francia, que me motivó mucho. Fue en el marco de los 500 años del “descubrimiento” de América, por lo que se convocó a guitarristas de las tres Américas. Y ahí decidimos con otros músicos de Chile y Costa Rica impulsar un festival cada uno en su país con una idea de revalorizar la música de los pueblos, no de hacer un concierto clásico.

Guitarras del Mundo

El primer Festival de Guitarras del Mundo se realizó en el año 1995, en la sede del sindicato de 
la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN), en medio del barrio Once. La lejanía de las calles estelares de Buenos Aires hacían dudar a los organizadores del éxito del Festival. Para sorpresa, tres cuadras de cola esperaron el toque de la primer guitarra.  

“En ese momento nos dimos cuenta que era la propuesta adecuada para el país adecuado, porque Argentina es un país que ama mucho la guitarra y esa fue la constatación. Y además, esas colas enormes empezaron a repetirse durante muchos años. Primero empezamos en dos sedes, luego en cuatro, en ocho, en diez, en quince. Y hoy, en estos 25 años vamos a estar brindando conciertos en 54 sedes de todo el país”.

-¿Ya pasaron 25 años?

-El número 25 impacta, tienen un peso simbólico porque es un número que invita a festejar y a celebrar la continuidad de un proyecto en un país donde no es frecuente que los proyectos se mantengan. Hemos atravesado diferentes gobiernos, diferentes coyunturas económicas, y acá seguimos, gracias a un público fiel y a una presencia sindical fundamental que brinda toda su estructura para garantizar el desarrollo del Festival. Con la continuidad ininterrumpida del Festivalse valoriza un modelo de gestión que está apoyado por el público, por los y las guitarristas, por el Estado, por el sindicato y gracias a todo eso podemos sobrevivir. Hay que pensar en la comunidad y tener buenos socios porque si el socio es un sponsor privado vas a tener muchos condicionantes.

-¿Cuál es la trascendencia de este tipo de políticas culturales?

-Desde sus inicios para nosotros el Festival era una propuesta ideológica y estética, no era solo un festival para juntar guitarristas. Guitarras del Mundo es un festival netamente federal, porque se hace en las 24 provinciasy es muy horizontal porque tienen los honorarios igualados, así venga un recontra capo o alguien que se está iniciando. 

Son una serie de atributos importantes como también el hecho de valorar las músicas regionales, las culturas de los pueblos, valorar que el guitarrista toqué con idoneidad las músicas que les pertenecen, valorar al guitarrista que no tuvo una formación académica pero sin embargo tiene mucho talento, valorar al que tiene poco curriculum y necesita ser motivado, valorar el federalismo, la participación y todas esas son cuestiones políticas e ideológicas.

-¿Cómo es el público que va a un festival a escuchar las guitarras?

-Es heterogéneo, hay ciudades donde el Festival tuvo fervor de convocatorias y después decayeron, en otros casos pasó al revés. Hay ciudades con salas pequeñas, otras con salas enormes. En un festival de guitarras, donde no hay bandas no grandes volúmenes sonores, se produce algo muy interesante que es la valoración del silencio. Y en el silencio se produce otra cosa interesante: como nosotros mezclamos géneros musicales, el público viene de escuchar un repertorio de zambas a escuchar otro guitarrista tocando Bach y después otro guitarrista interpretando jazz, y el comentario se repite ‘es la primera vez que escucho estas músicas’. Entonces hay ahí un aspecto formativo importantísimo que siempre tienen que estar presente en este tipo de propuestas. 

Cuando el Estado promueve espectáculos se tiene que ocupar del aspecto formativo, sino el Estado está cumpliendo el mismo rol que el mercado: poner un artista conocido para que se lo aplauda. Y después están las guitarreadas que se generan alrededor del Festival y eso ya es otra cosa, es una caja de sorpresas. Ahí todos aprendemos de todos, público, guitarristas reconocidos, novatos. Siempre hay un intercambio.

Hace más de 30 años que Juan Falú es docente. Estuvo al frente en varias escuelas, conservatorios y universidades. El vínculo con los estudiantes lo hace siempre estar ligado a las nuevas generaciones. Confiesa ser no muy organizado para escuchar pero sí ser conciente de tener un vasto conocimiento de lo que producen los músicos en el país. «Me impresiona la musicalidad de los músicos argentinos, es tremendo, impresionante. Algo que no veo tanto en la poesía como en la música».

-Usted habla la música ligada a memoria, a las vivencias, a los momentos históricos ¿cómo se transmiten esos aprendizajes en el ejercicio docente?

-Se expresa a través de cómo uno es, cómo uno siente, cómo piensa, la música que hace y cómo la hace. No es que tenga que plantearme solamente una estrategia académica, sino que es necesario transmir vivencias. En general la pasión por la música ya están asegurada porque si los estudiantes llegaron ahi, es porque vienen con un enorme respeto y muchas ganas. La música es un lenguaje que tiene sus reglas, vos podes tener un libro de mil acordes y estudiarlos, pero hacer algo sencillo y bello, es otro cantar.

Buenos Aires, 11 de noviembre de 2015 – El foro Imaginación Cultural reune a referentes del teatro, el cine, la literatura, las artes plásticas y el humor para debatir sobre el estado artístico de la última década, en la Sala Berni del Museo Nacional de Bellas Artes, El encuentro es organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación, por medio de la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, junto con el Museo Nacional de Bellas Artes y Radio Nacional Rock. En este marco se ralizó la charla “Música argentina e identidad nacional”. Diálogo entre Juan Falú y Jorge Dorio Fotos: Mauro Rico/ Ministerio de Cultura de la Nación.

-¿Qué relaciones posibles puede haber entre la música y el compromiso con el contexto? ¿se puede desvincular el artista del contexto donde produce?

-Me parece que hay algo de arte que lo asocia inevitable a la política y no es tanto la opción de un partido o línea partidaria sino a «la» política y ese es el sentido liberador del arte. El arte, al tener esa energía liberadora, necesariamente lo ubica a uno en una expectativa liberadora también para la tierra de uno, para la gente de uno. Hay artistas que tienen otra posición, que son conservadores, que consideran dejar las cosas como están, hay otros que reniegan de la política, pero creo que en general esa cuestión de la energía liberadora lo pone a uno en una posición más amigable con las transformaciones y con la libertad. Cuando en un sistema no hay libertad me parece que el artista inmediatamente lo combate, eso sería lo esperable.

Ahora, el arte y la política en el sentido más explícito de lo que podria ser la canción con contenido político, eso es otra historia, es usar una herramienta concreta. Yo no compro la vestimenta revolucionaria de un artista porque haga una canción de protesta. Yo prefiero que haga una buena canción y que esté incuida la denuncia desde la mejor música y poesía posible. Porque para mí ahí el arte mantiene su rol y, de paso, le hace bien a la política. Sino se bastardea la política y se bastardea el arte.

-¿Qué espera del público que participa en un festival, sea un Cosquín o Guitarras del Mundo?

-Que escuchen. Y que entren en esas profundidades. Yo espero que tanto artista como público se metan en el arte. Es mejor aplaudir al arte que al artista porque es más enriquecedor. Si yo estoy haciendo una zamba, con esa hermosa poesía y esa hermosa música, quiero que ese público esté sintiendo lo que yo estoy sintiendo, que se meta en la zamba y eso es más importante que esperar una gran performance y me llenen de aplausos. Celebrar la obra de arte y no al artista me parece que eso sería un objetivo extraordinario. Y no lo hago desde una posición de humildad, creo que ese es el punto de comunión. El punto de comunión no es la contemplación de las cualidades del que está tocando, el punto de comunión es lo que produce esa zamba que suena aquí y ahora.

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