Analaura Núñez, escritora: «la poesía nos permite pensar en términos más allá del bien y el mal»
Animales, plantas, cuerpos y relaciones humanas conviven en El sonido de las liebres, el primer libro de la profesora y escritora Analaura Núñez, publicado por Ágata Musgo Editora y presentado recientemente en la última edición de La Furia del Libro. Trabajado durante casi una década, el poemario construye una historia fragmentaria donde la naturaleza deja de ser un paisaje para convertirse en un reflejo de los afectos, la violencia, el deseo y las formas de supervivencia que atraviesan a sus personajes.
A propósito de este debut editorial, conversamos con Analaura Núñez sobre el largo proceso de escritura detrás del libro, la relación entre poesía y narración, el lugar de la naturaleza en su obra y las preguntas que plantea sobre la condición humana.
Este libro no es una antología de diversos poemas inconexos, es más bien un gran texto en el que se vislumbra una historia y sus personajes a través de la poesía. ¿Dónde y cómo dibujaste la línea entre lo narrativo y lo poético?
El libro lo venía trabajando hace casi diez años y pasó por muchas versiones, espacios de trabajo y edición. Al principio, eran solo diez poemas que envié a la Fundación Neruda para el taller que a la vez es una beca. Ahí, por supuesto, mis compañeros y profesores talleristas, leyeron las primeras versiones de algunos de los poemas, como el de la tortuga, o los ejercicios de los “personajes” en que se meten a aguas congeladas y aguantan la respiración. La primera referencia, que era muy básica en ese momento, fue Klaus y Lucas de Agota Kristof. Es la historia de dos gemelos que deben vivir la Segundo Guerra Mundial en casa de su abuela para huir y estar seguros, pero me di cuenta que en realidad tanto la guerra como cosas iguales o más terribles los persiguen. Por ejemplo, la violencia por parte de la abuela, el ambiente abusivo en que están el resto de los personajes, como Cara de liebre que es maltratada de muchas formas, y finalmente, entre los mismos hermanos, sometiéndose a golpes e insultos de forma voluntaria para afrontar las dificultades de este escenario. Me interesaba explorar ese mundo en el que aparentemente hay una promesa de seguridad y supervivencia, pero que en realidad es atravesado por lo ominoso o perverso y se confunde con otras sensaciones, como el deseo, el amor, la complicidad. Esa aparente disonancia en los afectos me llamaba mucho la atención y quise trabajarlo también en este libro. Para ello, tenía sentido que fuera pensado como una secuencia de sucesos que no estuvieran aislados entre sí, sino que pudieran conectarse a través de las dos voces, la femenina y la masculina, del libro. Además, para generar mayores ampliaciones en esto fui incorporando otros imaginarios, como lo animal, la cacería y la cocina. Hay un estereotipo muy común que es asociar la cocina con el cuidado, con la maternidad o con lo femenino, y quise también pensar cómo sería si esos espacios que son aparentemente precursoras de la seguridad y el confort, en realidad pueden implicar también secretos, oscuridad o maldad velada. Por otro lado, están las plantas, que pueden ser tanto medicinales como venenosas.
Creo que todo, en el fondo, tenía que ver con lo que puede ser, pero que en realidad oculta otra cosa o la posibilidad de otra cosa. En eso, los distintos lectores, amigos, compañeros y por supuesto mis editores fueron de muchísima ayuda para ir enhebrando tanto el montaje como el sentido de los distintos poemas y su aparente “historia”.
Hay una agresividad muy clara en las relaciones que estos poemas muestran, hay también un manejo de una violencia que primero es velada y que termina por explotar. ¿Qué recursos crees que entrega la poesía, de forma particular, para hablar de estos tópicos?
Creo que la gracia de la poesía es que nunca es unívoca. Es decir, no contiene solo un mensaje o una forma, sino que puede leerse desde distintos lugares y maneras, por lo que a veces un poema que habla de dos personajes que se golpean tras compartir una once, puede parecer perverso, chocante e incluso generar rechazo, sin embargo, también se puede leer como una forma muy íntima de relacionarse, como los animales cuando juegan y, por accidente, pueden romperse las patas o sacarse sangre de las orejas al morderse. Creo que la poesía permite espacios en que nada es totalmente cierto, sino que abre nuevas posibilidades de entender el mundo, los afectos y el cómo pensamos que debemos o podemos relacionarnos. No es, por supuesto, un llamado para que todos nos empecemos a agarrar a palos en pos de descubrir nuevas formas de explorar los afectos o la sexualidad, que es algo también muy importante en el libro, y también muy oscuro, sino que me interesaba hacer una especie de observación sobre cómo una relación puede entablarse a partir del amor o la violencia, y que no necesariamente están tan alejados entre sí, sino que pueden vincularse e incluso, a veces, confundirse. Básicamente pienso que la poesía nos permite pensar en términos más allá del bien y el mal, algo que me parece liberador y bastante más enriquecedor que una obra que tiene un mensaje claro y único desde el principio hasta el final, sin cuestionarse nada.
Mientras leía el libro pensaba que solemos hablar de la naturaleza como si fuera algo armónico, cuando en realidad está llena de competencia, hambre y muerte. En tus poemas esa misma tensión se traslada a las relaciones humanas. ¿Cuál dirías que es el hilo común entre ambos mundos?
Sí, estoy de acuerdo. La naturaleza es vista como algo a domesticar, muy a la usanza humana, o como algo que asociamos a la belleza o incluso a una manifestación de lo sagrado. Creo que esa es una forma bastante extractivista de pensar la naturaleza, pero son discursos que de a poco han ido cuestionándose. Pienso en varias obras que debaten el supuesto rol armonizador de la naturaleza como El vasto territorio de Simón López, en que un hongo se rebela contra la humanidad y enloquece a su protagonista o las obras de Cecilia Vicuña, que critican esta actitud humana de querer apoderarse o reducir la naturaleza a lo que nosotros queremos.
En el libro, la naturaleza refleja un poco los mismos conflictos de los personajes y justamente es también un elemento a cazar, dominar, captar. Creo que esto se ve sobre todo en la cacería del personaje masculino, que fracasa en atrapar liebres, pero que sí es capaz de maltratar gatos o matar lagartijas para luego estudiarlas en frascos llenos de formol. En el fondo, es una forma de captar algo que se le escapa, de controlar algo que en realidad es incontrolable, similar a lo que le sucede con el personaje femenino, que es una figura compleja, porque se acerca con deseo, pero a la vez quiere autodestruirse todo el tiempo. Creo que los poemas sobre los mirlos también hablan un poco de eso. Cuando me enteré que invaden los nidos de otras aves mucho más chicas que ellos, como los chincoles, pensé que en la naturaleza también hay una lógica que puede considerarse “maliciosa”, pero nuevamente está en función de la supervivencia. ¿Es eso juzgable? No lo creo, al menos no como humanos, pero sí podemos pensarlo como un fenómeno natural que también puede surgir en los humanos, aunque no queramos reconocerlo porque sería “inmoral”.
Por otro lado, los personajes ven mucha tele y particularmente documentales sobre animales o plantas. La cámara también se puede tomar como un dispositivo de captación, qué elegimos mostrar en el cuadro y qué cosas decidimos no incluir. El dispositivo tele es también una forma de mostrar cómo los personajes viven la naturaleza a través de una mediación y no en el mismo espacio natural, y es desde ahí, que pueden notar cómo la violencia presente en esos espacios del afuera, también los afectan en los espacios del adentro, tanto en su casa como en sus mundos internos.
Este libro partió como una plaquette corta hace varios años, y ahora llega en esta forma extendida. ¿Qué fue lo que te dijo que tenías que seguir? ¿Siempre hubo una sensación de incompletud, o fue algo que fue sucediendo con el tiempo?
Sí, me demoré mucho. En general soy de procesos lentos y tiendo a la dispersión, por lo que fue difícil para mí saber hacia dónde quería dirigir el libro. Incluso hubo un momento en que llegué a odiarlo, quizá por la frustración que implicó no poder publicarlo por distintos problemas que se presentaron. Cuando Ágata Musgo se me acercó y me dijeron que querían retomar el proyecto, me ayudaron mucho a enriquecer el proyecto pensando más claramente en qué quería explorar con la relación de los personajes, con los animales, la comida, las plantas, etc. Creo que ese trabajo de taller junto a ellos, y otros compañeros y compañeras, fue vital para poder desarrollar el libro para que llegase a ser lo que es ahora. En cuanto a la incompletitud, sí, creo que incluso ahora creo que está incompleto, pero eso es en el fondo una trampa. Hay un escritor o escritora que dijo que los libros no se terminan, sino que se abandonan. No recuerdo quién lo dijo, pero estoy bastante de acuerdo. Cualquier proyecto puede ser infinito si uno no decide dejarlo “listo” hasta cierto punto.
Hace muchos años que eres poeta, y habías publicado en otros formatos. A propósito de que este es tu primer libro como tal, ¿Qué espacio ocupa para ti este tipo de publicación? ¿Sientes algo consagratorio en la idea de publicar un libro?
Me complica el término “consagratorio”, porque creo que es darle mucha importancia a algo que aún es muy pequeño. El publicar un libro no creo que te consagre como escritor ni como poeta, es un proyecto que se ha completado pero muchas personas han publicado y no siguen haciéndolo, como si ya hubieran entregado una tarea y esperan algo más, como un premio o una buena nota. Creo que publicar es algo propio del mundo de la poesía, como también de las artes en general, y me parece bien que así sea. Es importante leerse y leer a otros, circular y hablar con gente, de eso se trata, pero creo que, si la publicación se concibe como un medio para alcanzar la consagración, el escritor termina participando en una lógica de validación pública que se asemeja más a un concurso de popularidad que a una verdadera valoración de la escritura. Creo que en eso las redes sociales, o el internet en general, han significado muchos beneficios para la circulación poética, sobre todo de editoriales independientes o alternativas, pero también han generado una exigencia tácita de siempre estar presente, produciendo, leyendo, escribiendo y terminando cosas y la poesía no funciona así. A veces puede desperdigarse en varios años, transformarse por completo y no sigue un curso lineal, entonces, creo que, si el afán es consagrarse, yo haría un llamado a pensar en el ahora y no en lo que eventualmente se me debiese dar por escribir. También pienso que hay gente en el mundo que trata de consagrarse, o posicionarse en el “mapa” literario, a través de la crítica malintencionada, de la pelea, el conflicto y el desdén, sobre todo en redes sociales o revistas digitales. Por supuesto el desacuerdo es válido, y estas figuras siempre han existido en el “mundo” literario chileno, sin embargo, me parecen discusiones un tanto estériles, que esconden en realidad ese mismo deseo de siempre aparecer, pero no por sus proyectos, sino por sus opiniones críticas. Está bien discutir, de eso se trata también, pero creo que el querer estar siempre, y de manera peleadora, es un poco ridículo pues no veo qué puede aportar realmente aparte de una polémica de cinco minutos.
Ahora, estoy agradecida por haber publicado por fin el libro, creo que es algo bonito, pero no solo por el libro en sí, sino por toda la colaboración que significó, que es algo sumamente valioso en cualquier ambiente. Por supuesto, publicar te pone más en el mapa, te pueden “reconocer” más, pero creo que hay una gracia más significativa en los procesos que en el producto final.
Antes la figura del poeta estaba rodeada de cierta idea romántica o incluso solemne. Hoy parece más difícil sostener esa imagen. ¿Cómo te relacionas con la palabra «poeta»?
Me parece que en la actualidad es difícil mantener cualquier imagen, porque no somos solo una cosa o no respondemos solo a una identidad. Claro, me identifico como poeta, pero también como profesora, por ejemplo. En algún momento me daba vergüenza “catalogarme” así, justamente por esa idea un tanto clásica del gran Poeta, que además tendía a ser masculino: Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Nicanor Parra, a excepción quizá de Gabriela Mistral que era la única mujer que solía escuchar en esas constelaciones de nombres. Eventualmente, me encontré con muchas compañeras mujeres que también escribían, con las que generamos grandes vínculos y amistades, algunas las mantengo, otras ya no, pero creo que eso para mí fue enriquecedor pues me permitió ver otras formas de la poesía y nuevos temas de escritura también. Finalmente, en mi caso, tiendo a separarme un poco de la gran figura del poeta, pues, como mencioné antes con lo de la consagración, no es algo que me interesa particularmente, al menos ahora más grande ya no. A los 18 años quizá te habría respondido algo distinto, pero porque mucho tenía que ver con la ilusión y la idealización del mundo poético, la romantización como lo llamaste tú. Me interesa seguir leyendo, aprendiendo y escribiendo, creo que hay algo más genuino en desear eso que en querer ser reconocida como algo particular.
Las redes han acercado la poesía a más personas, pero también parecen empujarla hacia formatos cada vez más breves y más inmediatos. ¿Sientes que eso ha cambiado la forma en que se escribe poesía hoy?
Quizá para algunas personas sí, que intentan explorar todo a través de la inmediatez para poder mantenerse vigentes, o al menos para demostrar que están “trabajando”. Creo que también ha aparecido un nuevo fenómeno interesante que es el de escritores que trabajan en colaboración con la IA, lo cual ha sido muy discutido y rechazado, por una defensa absoluta de la creatividad humana y solo humana. Tratando de ir más allá del juicio de valor del bien y el mal, o de lo correcto o incorrecto, creo que el que algunos escritores produzcan con la IA es justamente para poder producir más rápido, quizá no necesariamente en formatos pequeños o cortos, sino más inmediatos y que han sido sometidos a un proceso de perfeccionamiento u optimización. El problema no creo que sea trabajar o no con la IA, sino el aceleramiento de un proceso creativo que lamentablemente no es automático y que puede tomar mucho tiempo, dependiendo de la persona. Si hubiese una dimensión crítica en trabajar con ella y se transparentara creo que la discusión podría ser otra, pero me da la impresión de que se utiliza como herramienta para, como mencioné antes, mantenerse en un ritmo de producción y publicación un tanto inhumano y eso puede ser problemático si no se analiza y concientiza. No creo que se deba defender la poesía como algo que solo puede ser creado por nosotros como humanidad, creo que se puede encontrar en otros lugares, dimensiones o incluso en conciencias no humanas que dialoguen con nosotros. La música o poesía que trabaja con errores de las máquinas son una manifestación de ello, o los artistas del sonido que buscan nuevas formas musicales en los ensamblajes subterráneos de los micelios. La IA puede funcionar similar, pero es una discusión que está demasiado nueva como para poder acercarse a concluirla, o al menos, yo no me atrevería a hacerlo ahora mismo. Creo que tenemos que discutirlo, pensarlo, problematizarlo y no entrar de inmediato en el rechazo, quizá encontramos algo en esos nuevos formatos o lenguajes y ritmos. Es muy propio del humano asustarse con las cosas nuevas o desconocidas, pero creo que, si se observa, en el sentido real de la palabra, es decir, llevando nuestra mirada al estudio y el análisis, puede ser algo fructífero, o no. Habrá que, en palabras de Donna Haraway, seguir con el problema. Es decir, no entregarnos por completo a que otro, en este caso la IA, piense por nosotros, sino pensar a partir de nosotros y explorar juntos.
En tiempos como estos, donde nos dicen que todos pueden tener voz, pero al mismo tiempo pocos la tienen realmente. ¿Cuál crees que es hoy el lugar de la poesía, y cuál te gustaría que fuera?
Creo que, lamentablemente, estamos entrando en un escenario de discursos profundamente fascistas, tanto en LATAM como en el mundo entero, y eso ha afectado mucho la noción de “voz”, que puede ser una representación de la idea de individualidad y, por supuesto, de libertad. Estamos constantemente enfrentados a noticias y sucesos horrendos, como guerras, genocidios y el miedo que se presenta con la IA y demás elementos tecnológicos que aparentemente amenazan nuestra seguridad laboral, financiera, entre otros o incluso la violencia que se vive dentro de los colegios entre alumnos y contra profesores. Creo que, considerando este escenario actual, es difícil tener una voz o posicionarse de manera inquebrantable y me parece razonable que algunas personas quieran replegarse, mantenerse en la seguridad que puede entregar la privacidad. Tengamos en cuenta también que internet, lugar en que se presentan mucho el intercambio de voces y discursos, es un lugar hipervigilado y que puede ser muy castigador para el que piensa distinto, sobre todo ahora que todo se ha vuelto un tanto obtuso y que se buscan verdades absolutas porque todo está tan lleno de incertidumbre.
La poesía, y el arte en general, en mi opinión, debiese ser un espacio en que podamos explorar nuestra libertad, nuestros deseos, secretos, cosas que quizá no nos gusten o cosas que nos apasionen, preguntarnos por qué y permitirnos ese cuestionamiento. Buscar cosas raras. Creo que el que ahora existan cada vez más talleres de lectura colectivos y presenciales habla mucho de nuestro deseo de encontrarnos con otros y de intercambiar opiniones en un espacio que se parezca a algo seguro (digo «se parezca» porque eso es algo que no siempre puede garantizarse). En cuanto a la escritura, creo que siempre hay que escribir, quizá no necesariamente pensando en un proyecto concreto, sino que mantener un diario, por ejemplo, ya nos permite mantener vivo algo muy propio. Si eventualmente de ahí aparece algo que puede tener una “mejor” forma o más ordenada, genial. Me gustaría que la poesía se mantenga como un espacio de exploración, de búsqueda, de encuentro, algo que permita deslumbrarnos con cosas que no conocíamos o con cosas que habíamos pensando pero no sabíamos cómo decir.
