Fabrizio «Titirilquino» Bavestrello, poeta: «los jóvenes actualmente tienden a vivir bajo una lupa moral»
La oscuridad, el miedo y la tristeza también forman parte de la infancia, aunque no siempre encontremos las palabras para hablar de ellos. En Equinoccio, publicado por LOM Ediciones, el escritor Fabrizio Bavestrello, bajo el seudónimo de Titirilquino, y el ilustrador Hernán Álvarez, conocido como Heter, construyen un libro álbum que se acerca a esas emociones desde la poesía y las imágenes, sin subestimar la capacidad de los lectores más jóvenes para enfrentarse a un lenguaje complejo. Pensado especialmente para quienes atraviesan esa edad incierta entre la niñez y la adolescencia, el libro propone reconocer nuestra propia oscuridad como una parte inevitable de lo que somos.
Conversamos con Fabrizio sobre la dificultad de escribir poesía para niños, la importancia de abrir espacios para hablar de las emociones que solemos esconder, su amor eterno por 31 Minutos y el trabajo creativo que comparte con Hernán, su amigo desde la infancia.
Equinoccio se presenta como un libro para niños, pero los textos tienen una profundidad y complejidad poética que no siempre se ve en ese tipo de publicación. ¿Crees que se suele subestimar la capacidad de análisis literario de los niños? ¿Te preguntaste en algún punto si es que quizás había que simplificar un poco el lenguaje?
Si, Equinoccio efectivamente tiene un lenguaje complejo y en parte es porque me parecía necesario hacer un libro que dialogara con el adulto responsable. El lenguaje es complejo a propósito y defendí algunas palabras a capa y espada, porque quería que dentro de esa dificultad de lenguaje los niños y niñas pudieran preguntar a sus adultos, generar un diálogo con el tema del libro que, a pesar de lo ambiguo, es algo que todos en algún punto debemos pasar. El libro fue pensado para niños de 12 años, por lo que el lenguaje debía ser un poco más complejo, lo que es una rareza ya que los libros álbum suelen ser elaborados para niños y niñas más pequeños.
Cuando empezamos a trabajar seriamente en el libro, teniendo ya las páginas más o menos finalizadas, el lenguaje fue problemático. Tuvimos una profesora de pedagogía que no estaba de acuerdo con muchas de las palabras, al igual que la editorial, pero a pesar de encontrarles razón con varias sugerencias, insistí y pude dejar varias ahí, como “empalagoso”, “ominoso”, “crepuscular”. Quise dejarlas porque me parecía que eran palabras exactas para lo que quería decir, pero también porque eran palabras que por el contexto del poema generaban una reflexión, una imagen, que tan importante me parece en la poesía.
Respecto a tu relación literaria con los más jóvenes: ¿Cómo ha moldeado tu visión poética el ser profesor escolar?
Me he dado cuenta de que los libros están cada vez más lejos de los jóvenes, pienso que más que buscar palabras, son niños que están llenos de frases, de mensajes, por lo que su real experiencia del mundo está camuflada con todo lo que sucede en internet. En esa mezcla rara buscan algo que se les haga más familiar y creo que los libros ilustrados deberían brillar para cumplir esa necesidad. Creo que los poemas, si me pongo más quisquilloso, están más lejos aún de los jóvenes, lo que no me sorprende porque siento que siempre ha sido un poco así, no obstante, también creo que los poemas muchas veces caen en lo críptico, cuando hay algo que es propio de la adolescencia y eso es precisamente la mezcla entre lo común y lo complejo. Creo que ellos están ahí, lo que me hace buscar poetas más contemporáneos y jóvenes con los que podrían verse identificados para poder mostrarles en clases. La literatura, pienso, tiene mucho que ver con la edad y hay textos que no podrían escribirse si no en una edad en específico.
Tu libro trata sobre aceptar nuestra oscuridad como una parte bella de nuestra persona y no como algo a lo que debamos temer. ¿Sientes que estas temáticas se están tratando bien en las escuelas? ¿Hay en este libro alguna ansia de querer comunicarse mejor con los niños que están más perdidos?
Creo que sobre la oscuridad, entendida como los sentimientos negativos que habitan en uno y que muchas veces ocultamos o dejamos en segundo plano, es importantísima de tratar, pero que en los colegios no existe ese diálogo, salvo que ocurra una eventualidad, y aun así no es algo que se busca conversar o reflexionar. Los jóvenes actualmente tienden a vivir bajo una lupa moral, hay muchos juicios personales sobre lo que hacen y lo que no, siendo las escuelas muchas veces quienes dictaminan qué es “lo correcto”.
Creo que el libro es una buena oportunidad para decir “mira, da lo mismo, todos sentimos cosas similares y eso no te hace una mala persona”. El libro nace a partir del ansia de comunicar eso, porque se gesta bajo la idea de “qué me gustaría decirle a mi yo de adolescente”. Creo que el aprendizaje que intenta transmitir el libro es un aprendizaje al que muchos van a llegar con el tiempo, pero Equinoccio busca aportar a esa búsqueda, siento que es un libro que mientras más se lee, más sentido hace. El libro es para esos niños perdidos, porque yo también lo estuve en algún momento.
El libro lo trabajaste con un ilustrador. ¿Crees que un texto poético para niños funciona de la misma forma sin ilustraciones?
No. Cuando hicimos Equinoccio la poesía era muy compleja, mucho más de cómo quedó al final, el texto era críptico y complicado, tenía imágenes que, aunque aportasen, le hubiesen restado importancia a la ilustración. Con el Hernán nos debatimos harto sobre el texto, sobre qué imágenes dejar en palabras y cuales hacer ilustración. Creo que no hay libros de poesía para jóvenes, hay libros con sentimientos de jóvenes o adolescentes, pero no para ellos. Lo mismo con los poemas para niños, suelen ser para niños pequeños, de hasta unos 10 años, pero ya después en la preadolescencia o adolescencia no hay nada especialmente para ellos. La ilustración reemplaza cosas de los poemas y ese trabajo en conjunto es lo que le da sentido al mensaje, porque adquirir imágenes poéticas a partir de la visualidad es muchísimo más sencillo que a partir de figuras literarias.

Respecto a lo anterior, cuéntame cómo nació la relación entre tú y Heter. ¿El libro lo concibieron juntos desde un inicio?¿Él apareció en el camino?
Con el Hernan somos amigos desde los 11 años. Nos conocimos en la iglesia, mi mamá le hacía catequesis y muchas veces jugábamos en mi casa o en la suya. La amistad se intensificó cuando nos encontramos en Scout y de ahí nunca se detuvo. Cuando estábamos en la universidad se nos ocurrió hacer un libro álbum. Fue un poco azaroso, porque yo estaba flipando con los libros álbum y estaba estudiándolos mucho. El Hernán también quería hacer algo, así que en una de las juntas que teníamos en mi pieza se nos ocurrió, ya que vimos que se haría el concurso del Fondo de cultura económica de libro ilustrado. El libro lo hicimos para eso. Mientras pensábamos en ideas se me ocurrieron los poemas que terminaron siendo Equinoccio. El libro consideramos que es de los dos, ya que todo lo discutimos, cada verso, cada storyboard que dibujó, los correos que mandamos y todo eso. No concibo el libro de mi autoría, sino de nuestra autoría. Con el Hernán hemos hecho muchos más proyectos y esperamos se nos ocurra otra idea pronto para hacer otro libro álbum. Creo que ambos lo esperamos.
El nombre Titirilquino nos lleva inevitablemente a pensar en 31 minutos. ¿Es ese pseudónimo una forma de integrar tu obra a ese imaginario? ¿Ese nombre te liga de forma total a lo infantil, o crees que puede trascender a ese público?
Siempre estuve obsesionado con 31 minutos. El primer libro que compré con mi dinero fue el Libro Gordo de 31 minutos. Me lo sabía casi de memoria. En esa misma idea me di cuenta que la gente de Titirilquén no tenía gentilicio, así que me puse Titirilquino. La idea de publicar Equinoccio con ese seudónimo es para separar mi obra. Los poemas que escribo o los cuentos que estoy trabajando no tienen nada que ver con el libro álbum, por lo que era necesario para mí al menos hacer una distinción, lo que me permitía jugar en ambos campos, en lo infantil y en lo adulto. Nunca he esperado que Titirilquino reemplace a Fabrizio Bavestrello, si no más bien que se entienda como uno pero que hace diferentes formas. De cierta forma me sirve para clasificar mi propia obra. Teniendo dos nombres, alguno tendrá que trascender.
Vives en Chiloé, y hace poco viniste a Santiago, tu ciudad natal, para un evento literario. ¿Cómo ves los espacios de la literatura en otras regiones respecto a la capital? ¿Cómo sería el panorama regional ideal para un autor como tú?
Me parece que hay muchas instancias culturales en región, no sé si más que en Santiago. Yo diría que en la capital es más notorio porque todas se juntan más o menos en la misma zona. Aquí en la isla hay muchos eventos, pero en distintos lugares, lo que implica viajar, conocer gente, dialogar para poder entrar a esos espacios. Siento que hay un espíritu de cooperación mucho más grande que en Santiago. Es curioso porque cuando estaba en la capital hubo pocos eventos a los que me invitaron como autor, no obstante, aquí en la isla parece ser todo más accesible y cercano.
Para mi al menos el panorama ideal es precisamente la accesibilidad. Si ves que hay una feria, por ejemplo, poder preguntar directamente a los organizadores y que te respondan sin siquiera conocerte para ver qué pueden hacer contigo o cómo pueden colaborar. Eso en Santiago no se ve y me parece muy triste, porque veo muchos autores nuevos intentando surgir.
