FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Un café en el Puerto Principal y migrantes culturales

Estamos con mi hijo Eugenio Andrés en el Museo de Historia Natural de Valparaíso, allí en la calle Condell, en lo que fue en su época el Palacio Lyon. Realmente, es un museo de lujo, fundado en 1878 por Eduardo de la Barra, que reúne cerca de 60.000 objetos. Me dicen que es el segundo museo más antiguo del país…no sé cuál es el primero…aunque, buscando por internet, me encuentro con que el naturalista francés Claudio Gay fue quien fundó el Museo de Historia Natural en 1830, no sólo el primero de Chile, sino que uno de los más antiguos de América, y que en 1870 pasaría a mostrar las principales producciones vegetales y minerales de nuestra larga y angosta faja de tierra en un hermoso edificio en la Quinta Normal. Mi hijo me hace un excelente paseo por el museo del puerto principal. Hasta nos introducimos en una réplica de submarino, lo que me produce una sensación de claustrofobia. Todo muy bien instalado. El edificio fue completamente remodelado en 2014. Rematamos la visita en el café, un cálido y elegante lugar de encuentro, especial para echar a volar una buena conversa.

Inevitablemente, llegamos a soltar comentarios y algunas ideas sobre los temas coyunturales. Entre ellos, por supuesto, los migrantes que han llegado a Chile por miles en los últimos años. Según el censo de población y vivienda de 2017, ya son 746.465 extranjeros que se han avencidado a lo largo de nuestro territorio y representan más del 4% de la población total del país. La mayoría de ellos ha llegado de Perú, Colombia, Venezuela y Haití. Nos han traído sus sueños y esperanzas, sus oficios y profesiones, su cultura, sus lenguas, sus alegrías y sus penas, costumbres, anhelos, identidad. Al igual que los chilenos que han migrado de Chile, ellos lo han hecho por razones políticas, económicas, profesionales, aventureras y han llegado con el desafío de adaptarse a la cultura y costumbres locales, desperfilando su identidad y aportando a la identidad local.

Pienso en el sabio Claudio Gay. Aunque migró a Chile contratado por el Estado para realizar un completo estudio sobre la fauna, flora, agricultura y geología, nos dejó un legado científico y cultural invaluable, incluyendo sus hermosos grabados y un trabajo sobre usos y costumbres de los araucanos, traducido y editado póstumamente en 2018 por el antropólogo chileno Diego Milos. Hasta que se nacionalizó chileno en 1841 y, dos años más tarde, fue designado miembro de la Universidad de Chile.

Los inmigrantes han realizado importantes aportes a esta joven nación en sus dos siglos de existencia como República. ¿Cómo los recibimos hoy día? ¿Les abrimos espacios para su desarrollo? ¿Somos los chilenos acogedores con ellos? ¿O somos más discriminatorios que en el pasado? ¿O siempre lo hemos sido?

A su vez, al parecer, la experiencia en los siglos veinte y en lo que va del veintiuno de los compatriotas que han salido del país por razones políticas, profesionales, laborales u otras ha sido de lo más variopinta. Buenas, regulares y malas. Me detengo un momento en migrantes destacados, como Gabriela Mistral desde Elqui, Pablo Neruda desde Temuco, Claudio Arrau desde Chillán. Distintas razones acuden a su salida de Chile: una por concepto de representación diplomática, otra por persecución política y la última por razones de estudio del piano. Muchas veces fueron mejor recibidos en las tierras que visitaron que en su propio país cuando regresaban por breves períodos. Le comento a mi hijo que hace un par de semanas fui invitado al lanzamiento de un libro sobre Claudio Arrau preparado por la periodista Marisol García y editado por Hueders. Marisol nos contaba cómo algunos sesudos representantes de la cultura le quisieron mezquinar el Premio Nacional de Artes Musicales a Claudio Arrau en 1983. Y todo porque se había nacionalizado estadounidense. Lo tuvo que hacer con el fin de presentar una visa que le permitiera hacer sus giras por el mundo sin problemas de ingreso a otros países. Pero nunca dejó de ser chileno, a pesar de haber tenido que lidiar con esa visa manchada por la dictadura. Siempre proyectó su cariño por su Chillán natal. Al final, primó la cordura y le dieron el premio. Y la Mistral: tuvo que ganar primero el Premio Nobel para que muchos años después Chile le entregara el Premio Nacional de Literatura. Ahora se cuestiona a Neruda por ciertos hechos de su historia personal. Sin embargo, imagínense ustedes cómo se ha transmitido la identidad de nuestro país a través de la poesía de la Mistral y Neruda, y de la brillante interpretación musical de Arrau. Han hecho grande a Chile en el mundo.

Terminamos nuestro café y salimos del Museo de Historia Natural a las calles céntricas del plan de Valparaíso, con su agitada vida de fin de año. Una ciudad que ha contado con el valioso aporte de inmigrantes que han llegado desde Alemania, Inglaterra, Yugoeslavia y tantos otros países. Ellos también han colaborado para hacer grande a nuestro país.

Share this Story
Load More Related Articles
Load More By admin
Load More In FLOR DE IDENTIDAD / Por Eugenio Rengifo

Check Also

Protegiendo la propiedad intelectual de nuestra identidad

Por Eugenio F. Rengifo Lira La Sociedad Chilena ...

Categorías