El ajiaco y los 90 años de Lucho Gatica

Por Eugenio F. Rengifo L.

Leo y disfruto el primer tomo de las memorias del escritor Jorge Edwards, <<Los círculos morados>>, título que alude a la huella de ese color que rodea la boca luego de haber bebido vino tinto en cantidades muy generosas. Junto al autor, viajo por el Santiago de los años 40, 50 y 60 de la mano de una memoria ágil y amena. Lecturas, lugares, personajes, inquietudes de niño y de adolescente, avatares políticos y sociales, bohemia. Me detengo, ya en el segundo tomo, <<Los esclavos de la consigna>>, en el Bar Unión, allí en calle Nueva York 11, donde se reúnen artistas, literatos, músicos a disfrutar de una buena cazuela de pava con chuchoca y a dar rienda suelta a la conversación cuentera que va creciendo en la medida que aumentan los pichunchos, los borgoñas en frutilla o en chirimoya, los buenos pipeños, o simplemente el tinto de la casa. Allí donde hay una placa en recuerdo de Jorge Tellier, uno de sus más asiduos contertulios en largas veladas en esta Unión Chica como la han llamado con cariño quienes compartieron en más de una ocasión con el autor de <<Confieso que he bebido>> -y, en general, por todos los que se han entonado en su amplia barra más de alguna vez-, ya que se ubica en un costado del pituco Club de la Unión, y que, desde 1940, es administrado por la familia de don Wenceslao Álvarez.

Frente a tanta invasión culinaria con nombres como sushi, wantán, causa, tacos y otros en establecimientos de moda para los paladares del siglo XXI, en la Unión Chica me dan ganas de comer un ajiaco bien chileno. De esos que preparaban en mi casa cuando era niño, según receta de mis antepasadas las Rengifo, dos hermanas que en la segunda mitad del siglo XIX se hicieron famosas por los dulces chilenos que horneaban y más tarde por sus invencibles preparaciones de una auténtica y sabrosa comida chilena. La preparación requería de algunos ingredientes que hoy, a lo mejor, nos cuesta identificar, como el medio kilo de hueso chascón que se incluía. Junto a un buen trozo de posta u otra carne asada, se agregaban papas cortadas a lo largo, cebolla en pluma frita, ramitas de apio, orégano, una pizca de comino por aquí, medio pimentón por allá, vinagre, una yema de huevo bien amarilla, como las de antes, de huevos de campo, y un poco de leche. Había que estar en la cocina para ver cómo lloraban las cocineras al picar la cebolla mientras escuchaban en la radio rancheras o algún dramático bolero de Lucho Gatica, lo que incrementaba el llanto colectivo. Sobre todo, con las tremendas historias cantadas de <<Espérame en el cielo, corazón>>, <<Sinceridad>> o <<Amor, que malo eres>>.

En una esquina del salón del Bar Unión hay una televisión encendida. Se comenta el cumpleaños número 90 de Pitico, como le dicen cariñosamente a esta leyenda viviente, al rey del bolero. Como nació en Rancagua un 11 de agosto, en 1928, le prepararon en esa histórica ciudad un homenaje que contempló la inauguración de una escultura donde aparece junto a su hermano Arturo, el que lo inició en los pasos del canto y le enseñó las primeras canciones folklóricas. La obra se llama <<Hermanos Gatica>>, en la que sus creadores, Miguel Urbina y Fernanda Cerda, han querido inmortalizar y destacar la obra de los hermanos.

Mientras saboreo el ajiaco, recuerdo los éxitos de Lucho Gatica que tanto me gustaban. Uno de ellos, <<Bésame mucho>>, de Consuelo Velásquez, grabado junto a la orquesta de Roberto Inglez en la EMI de Londres a mediados de los años 50, dio la vuelta al mundo. Se dice que es la canción más difundida de este artista rancagüino que triunfó en Chile y que desde México se proyectó a toda América y al viejo continente. A raíz de su éxito, este bolero tuvo cientos de versiones; entre ellas, hasta hoy se escuchan las que grabaron Los Beatles, Elvis Presley o Diana Krahl. También sus interpretaciones de canciones chilenas como <<Yo vendo unos ojos negros>> dieron pie para que cantantes del nivel de Nat King Cole o Luis Miguel las incorporaran en sus repertorios.

Entre círculos morados, guisos chilenos y boleros de Lucho Gatica, habrá que volver a la Unión Chica para rescatar parte de nuestra alma de chilenía.