Una voz de las regiones



Alturas de Macchu Picchu interpretada por el grupo musical del Colegio de Hombres Presidente Alessandri


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Reportaje y  fotos Osvaldo Palacios

Texto de Valentina Palacios

 

Cuando llama la noticia, yo y mi cámara salimos a reportear sin pensarlo dos veces. Esta vez el llamado venía desde el Colegio Presidente Alessandri de Independencia (Gamero #721), así que me dispuse, pese a mis años, a volver a las aulas; y, aunque el tráfico y mi discapacidad orientativa intentaron impedírmelo, logré arribar.

Inmediatamente me invadió ese aroma especial, que no sé de qué sustancia proviene, que poseen los colegios: el papel de los cuadernos, el grafito de los lápices, o tal vez la acumulación de risas, estudio y pichangas en el patio de recreo, y recordé mi uniforme de estudiante, cuando éramos nosotros los que se subían al escenario a vivir su momento de gloria.

                                  

Pero esta noche no era mía, era de un grupo de alumnos más que talentosos, perseverantes y disciplinados trabajadores que bajo la rigurosa guía de su profesor de música trajeron hasta mí las melodías andinas de Alturas de Macchu Picchu de manera tan brillante que hasta un fanático como yo quedó deslumbrado.

Este proceso, que comenzó a principios de año,” nos dice Víctor Padilla el profesor encargado del taller que realiza esta presentación “fue largo y trabajoso; hubo que transcribir a partitura algunos pasajes de la obra y cada viernes ensayar. Tocar a Los Jaivas no es nada fácil, son un grupo de músicos virtuosos y el estilo de rock progresivo con raíz folklórica es un desafío para cualquiera.”

                                  

Todo este esfuerzo se vio reflejado en las expresiones del público. Y entre todas las personas que escuchaban atentos, mi cámara me alertó acerca de cierto personaje, sentado en primera fila, de rostro complacido. Lo imaginé a él siguiendo cada nota, mientras sonriendo grababa en video el espectáculo. De vez en cuando, en un gesto característico, afirmaba el mentón en sus palmas con los codos apoyados sobre las piernas. Era Claudio Parra, completamente orgulloso del tributo. El jaiva pianista aplaudió entusiasta y se subió a tocar con ellos el emblemático Sube a nacer conmigo hermano. El éxtasis en el rostro de esos muchachos me trajo a mí propia experiencia de fanático. Claudio, con la entrega y sencillez que lo caracteriza, compartió con los jóvenes talentos, firmó sus instrumentos y la camisa con la que habían actuado, mientras les daba consejos sobre la música y sobre ser músico.

                                  

Víctor Arias, uno de los integrantes, me comentó acerca de su acercamiento a la música de Los Jaivas, confesándome que los había oído desde muy niño. Su padre los escuchaba y sembró ahí  en su alma, la música de este grupo chileno que le pertenece al mundo. No pude evitar sentirme lleno de alegría al ver el cariño de las personas por Los Jaivas. Me alegra porque en nuestros días hay tanto ídolo impostado, jóvenes demasiado jóvenes, y más perdidos que originales, ídolos que nos alejan de “lo nuestro” para intentar acercarnos (rotundo fracaso) a una cultura que no nos pertenece. Estos jóvenes, sin embargo -y a riesgo de perderse en el tiempo- nos traen de nuevo los sonidos de nuestra América Latina. Claudio lo manifestó diciendo que era muy emocionante de que las nuevas generaciones se interesen en esta música y la interpreten con tanto cariño. Y pude ver en Claudio su alegría, su rostro tranquilo y la voz pausada de siempre, pero juraría que su corazón esa noche estaba muy agradecido y feliz.

                      

Como colaborador de esta revista deseo felicitar a este maestro de música y a sus alumnos, por su entrega, creatividad y tesón.

¡Realmente nos emocionaron!